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La Armada Invencible (II): gran error táctico

Los ingleses presumen de gran victoria naval pero el desastre de la Armada no fue por su pericia sino por la falta de coordinación entre los españoles

Cuadro inglés de la única batalla de la Armada Invencible
Batalla de Gravelinas (Nicholas Hilliard)

Es uno de los episodios más controvertidos de la Historia Universal por la disparidad de opiniones al respecto: ¿Fue una gran victorial naval de Inglaterra? ¿Perdió España el dominio de los mares a raiz de esta catástrofe? En este artículo veremos como ni lo uno ni lo otro.


Índice

Los preparativos para la invasión

Cuadro de Felipe II con armadura
Felipe II en 1557 (cuadro de Antonio Moro, El Escorial)

Felipe conocía bien Inglaterra ya que había vivido allí como rey consorte, gobernando entre 1554 y 1558 como Felipe I de Inglaterra. Ni siquiera Felipe de Edimburgo, esposa de la reina Isabel II, gobernó como rey sino como príncipe del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. En la Cámara del Príncipe que hay junto a la de los Lores en el Parlamento británico se conservan los cuadros de todos los reyes de la dinastía Tudor, figurando también un retrato de Felipe I (II de España).


Pero el rey Felipe no tuvo hijos con la reina María Tudor por lo que los planes del emperador Carlos I de España y V de Alemania de incorporar Inglaterra al imperio se trastocaron.


Después vendrían los problemas con la reina Isabel que ya hemos visto, planificando el rey Felipe en persona (como hacía con el resto de asuntos de Estado) la invasión de Inglaterra ya que la conocía bien.


La idea inicial de Felipe II, a grandes rasgos, era que un enorme ejército de 60.000 soldados desembarcara en las costas inglesas marchando a Londres, tomando la capital y destronando a la reina para darle el trono a María Estuardo.


Ávaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, era uno de los estrategas navales más prestigiosos de Europa pues había participado en numerosas batallas navales contra franceses, turcos, portugueses y piratas, tanto berberiscos como ingleses y de todos esos enfrentamientos salió victorioso (le conocían como el Invicto).


Don Álvaro, natural de Granada, no era un simple militar sin cultura que solo supiera guerrear, como tantos había entonces, sino un hombre refinado y amante de las artes y las letras. Su otra pasión era la mar.


Antes de los 18 años ya había entrado dos veces en combate con éxito acompañando a su padre que era capitán general de las galeras de España. Y con 28 él mismo es ascendido a capitán general de la Armada.


Conocía perfectamente las aguas del Canal de la Mancha ya que las surcó en innumerables ocasiones y sabía también del respaldo de la reina Isabel a los corsarios ingleses pues se enfrentó a ellos no pocas veces.


Amigo personal del duque de Alba, juntos contribuyeron a la conquista de Portugal, campaña en la que la reina Isabel de Inglaterra se alió con sus enemigos los franceses para impedir que Felipe II se hiciera con la victoria, sin conseguirlo. Ahí se vio el odio que Isabel le tenía a Felipe hasta el punto de formar alianza con los enemigos del rey español. Es otro argumento que deshace la versión de que Inglaterra era débil, porque si lo hubiera sido no se alía con otras grandes potencias para enfrentarse a la todopoderosa España.


Álvaro de Bazán está ya preparado para iniciar la ofensiva desde Portugal y Alejandro Farnesio, duque de Parma, organiza los tercios en Flandes a la espera de la llegada de la Armada. Si tenían éxito, el rey Felipe ya había planificado que el hijo de María Estuardo, el príncipe Jacobo, reinaría en Inglaterra como Estado asociado al reino de España. Por lo tanto, no se trataba de ocupar militarmente las islas para anexionarlas al imperio sino de convertirlo en un reino vasallo de España pero conservando su independencia.


Alejandro Farnesio había sido el lugarteniente de otro gran amigo de Álvaro de Bazán, el anterior gobernador de Flandes, don Juan de Austria, hermano del rey Felipe. Los tres estaban reconocidos como héroes de la batalla de Lepanto, la mayor contienda naval de la Historia hasta la Primera Guerra Mundial.


Serían estos tres grandes personajes los artífices de la invasión de Inglaterra y si hubieran sobrevivido, sin duda, habría sido un éxito, pero antes de producirse murieron Juan de Austria y Álvaro de Bazán. Solo quedó Alejandro Farnesio que no comprendió por qué se puso al frente de la Armada a un inexperto duque de Medina Sidonia.


Farnesio conocía al hermano de don Álvaro, otro gran marino muy respetado y también héroe de Lepanto: Alonso de Bazán (el propio don Álvasro le recomendó como sustituto al frente de la Invencible).


Había todo tipo de navíos en la Armada española, de los que existían entonces:

  • Urcas: una especie de fragata muy ancha y 40 metros de eslora que transportaban tanto tropas como mercancías pero con algunos cañones.

  • Galeones (preparados para transportar tropas o víveres).

  • Naos (como los galeones, pero más pequeños, con solo dos plantas).Galeazas: que podían llevar veinte cañones.

  • Galeras (sin velas, moviéndose por remeros y escasa artillería).

  • Carabelas (como las Naos, pero más pequeñas, de una sola planta, pero más veloces).

  • Falúas (empleadas para el avituallamiento).

  • Pinazas para explorar.

  • Galeoncetes, para remolcar.

  • Pataches (usados para el correo).

Parece que se embarcaron en torno a 25.000 hombres, entre soldados, marineros y auxiliares de distintas profesiones o asesores. Otras fuentes hablan de 31.000 embarcados.


Por su parte, Alejandro Farnesio había construido su propia flota, con 70 grandes barcazas para el desembarco de sus tropas: cada una tenía capacidad para una treintena de jinetes y el equipo complementario. Para que os hagáis una idea, eran como las que desembarcaron las tropas de los aliados en Normandía, solo que de madera, pero con sus rampas y todo.


Farnesio contaba con 40 barcos más grandes y de fondo plano para facilitar la carga y descarga y otros 28 navíos de guerra, pero no llegaron a utilizarse en el Canal de la Mancha junto a la Armada.


Inglaterra estaba bien preparada para la guerra

Cuadro de la Armada Invencible en las costas inglesas
Armada española en la costa inglesa (C. C. van Wieringen, Rijksmuseum Ámsterdam)

No era la primera vez que una flota extranjera inmensa llegaba a las costas inglesas: en 1066, el duque Guillermo de Normandía utilizó 600 barcos para la conquista del reino.


En 1545, una formidable Armada francesa con 400 barcos intentó la invasión de Inglaterra (llegaron a desembarcar en Escocia) pero fracasó enfrentándose a los ingleses en la Isla de Wight, muy cerca de Southampton. Poco antes, el rey Enrique VIII y el emperador Carlos V habían planificado la invasión de Francia. De hecho, el rey de Inglaterra tenía tropas en suelo francés.


Por lo tanto, es falso el mito de que una débil nación inglesa que no era belicosa rechazó a la agresiva superpotencia española, que solo buscaba dominar el Mundo e imponer su oscurantismo. Inglaterra era una gran potencia en el siglo XVI que se movía al más alto nivel solo que sus alianzas cambiaban como sucedía con el resto de países (y ha sucedido siempre).


Cuando la Armada española llega al Canal de la Mancha, los ingleses les recibieron con una poderosa flota más numerosa que la española. Lo que ocurría es que la potencia de fuego combinada de la Armada (2.400 cañones en total) era superior a la inglesa.


La estrategia inglesa fue realizar ataques furtivos y por sorpresa o enviar brulotes que eran barcazas incendiarias para desalentar a los españoles. No entraban en combate abierto pues llevaban las de perder (más que batallas eran escaramuzas, salvo frente a Las Gravelinas).


La artillería inglesa tenía mayor cadencia que la española, pero ésta última poseía un mayor alcance

A pesar del desconcierto causado por los brulotes en la Armada, seguía frente a las costas francesas lo que preocupaba mucho a los capitanes ingleses. Creyeron que los españoles iban a conseguir su objetivo de embarcar los Tercios desde Flandes. Si lo conseguían, Inglaterra estaba perdida porque solo tendrían que cruzar el Canal de la Mancha y desembarcar con 40.000 soldados, una fuerza que dificilmente hubiera podido repeler el ejército de la reina Isabel.


Tal era la desesperación inglesa por evitar que los tercios embarcaran que murieron más de los suyos que de la Armada española en los combates que se produjeron en el Canal de la Mancha: 8.000 bajas por combates y enfermedades. Tengamos en cuenta que estuvieron embarcados durante semanas, sin poder llegar a la costa de su País pues aguardaban un ataque inminente. Claro que la propaganda inglesa calló este dato durante siglos.


Las heridas se curaban mal y generaban infecciones. La falta de alimentos y agua (comiendo alimentos podridos o bebiendo agua sucia) produjo numerosas muertes en los dos bandos, pero sobre todo en el inglés y eso que tenían su País al lado, a diferencia de los españoles.


La descoordinación entre el duque de Medina Sidonia y Alejandro Farnesio (que tres años antes había conquistado Amberes) fue manifiesta, llevando el segundo un mes soportando continuos ataques de los holandeses en puertos y ríos ya que se habían aliado con los ingleses. Aunque el de Medina Sidonia enviaba misivas a Farnesio comunicándole sus movimientos, no llegaban a tiempo para maniobrar de forma eficiente.


Cuando, por fin, el ejército de Alejandro Farnesio ya está preparado para embarcar, el duque de Medina Sidonia se ve obligado a zarpar si no quiere verse acorralado entre la flota inglesa y la Costa con el riesgo de encallar.

Retrato de Francis Drake de 1591
Francis Drake (National Maritime Museum, Londres)

Se produce una batalla entre las dos Armadas, frente a la localidad francesa de Gravelinas, con clara victoria española.


El barco del corsario Francis Drake, uno de los comandantes ingleses, quedó muy dañado y el pirata a punto de perder la vida.


Drake era un individuo muy famoso en la Inglaterra de entonces, que había dado la vuelta el Mundo dedicándose al pillaje asaltando fortificaciones de España por todo el orbe (recordemos que el hispánico fue el primer imperio global de la Historia), con lo que también era conocido por las autoridades hispanas.


El botín conseguido en su periplo por todo el Mundo fue descomunal, entregando gran parte a la reina Isabel (Inglaterra no era tan pobre como se nos ha hecho creer). La soberana le nombró “sir”, una alta distinción antes y ahora.


Francis Drake era una celebridad entre los ingleses y como pasa con los influencers en la actualidad, tenía que hacer continuamente cosillas para mantenerse en el candelero. No se le ocurre otra cosa que saquear la Bahía de Cádiz meses antes del episodio de la Armada Invencible, consiguiendo otro gran botín.


Ya veis, Inglaterra pudo construir una gran Armada, superior incluso a la española, con lo que la versión de que la todopoderosa España intentó aplastar a una débil Inglaterra, imagen que pasó a la Historia para engrandecer la gesta inglesa, es sencillamente una patraña.


Francis Drake lo que hizo fue lo que debieran haber hecho los españoles antes de enviar a la Armada a lo desconocido: realizar incursiones en los puertos ingleses para sabotear sus astilleros o destruir cuantos barcos ingleses hallaran. A fin de cuentas, estaban en una guerra y cuantos menos recursos tenga el enemigo en el momento de la batalla definitiva, mejor para el otro contrincante. Pero Felipe II estaba muy crecido como Señor del Mundo y rey de la Cristiandad, creyéndose invencible (valga la redundancia).


Por lo tanto, cuando la gran Armada española llega al Canal de la Mancha se encuentra con una formidable flota inglesa de barcos rápidos con mucha artillería y bastante efectiva.


El motivo de que la Armada española no diera marcha atrás desde el Canal de la Mancha no solo fueron las tempestades, sino que les sorprendió encontrar una flota inglesa tan poderosa.


Inglaterra reunió una enorme Armada, superior a la española en número, movilizando todo tipo de barcos (190), incluidos mercantes que reconvirtieron en buques de guerra.


Inglaterra tuvo tiempo para armarse y construir una Armada sofisticada superior a la española
Retrato de la reina Isabel I
Isabel I, por Johannes Corvus (National Portrait Galery)

Desde que la reina Isabel supo de los planes del rey Felipe de invadir Inglaterra se puso manos a la obra implicando a todos los sectores del reino en tan magnánima empresa.


Sin duda, Isabel pretendía no solo defenderse sino contratacar y a ser posible hacerse con las colonias españolas de América si conseguían destruir la Armada. En Londres creían que el rey Felipe había reunido toda la fuerza naval de España, con lo que ésta quedaría indefensa.


Junto a los 36 navíos de guerra que poseía la Armada inglesa, se reacondicionaron otros 163 mercantes de los que 108 eran ligeros y más maniobrables.


Un año antes del enfrentamiento con la Invencible, Isabel necesita tiempo para terminar su propia Armada por lo que envía una flota de 24 barcos capitaneados por el pirata Francis Drake contra los astilleros españoles para destruir lo que encontraran y saquear las ciudades portuarias. Pero la reina se arrepiente cuando la flota ya ha zarpado, por lo que envía un buque-correo para dar la orden de retirada sin que llegara a su destino debido al mal tiempo.


¿Por qué se echa para atrás la reina en un principio? Tal vez porque teme que la aventura de Francis Drake no salga bien y sea capturado, consiguiendo Felipe II información acerca de la gran Armada que también construye Inglaterra.


Se desconoce el motivo por el que Isabel quiso abortar la operación pero la flotilla inglesa ya había zarpado hacia Cádiz.


Una pinaza quedó destruida por el temporal, el mismo que hundió el navío-correo con la orden de retirada de la reina.


Las pinazas deben su nombre a que estaban construidas con madera de pino, empleándose en labores de espionaje como avanzadilla de una flota. De hecho, los ingleses recibieron la información, por parte de dos barcos holandeses, de que una gran flota se estaba construyendo en Cádiz (recordad que estamos en 1587, con lo que aún no se han enfrentado a la "Invencible").


De los 70 barcos que había en los astilleros del puerto de Cádiz, 18 fueron destruidos. Los ingleses, además, capturaron seis naves cargadas de provisiones. Por cierto, el encargado de defender Cádiz fue el duque de Medina Sidonia, que no rehusó su responsabilidad y que incluso consiguió evitar el desembarco y saqueo por parte de los ingleses.


La flota de Francis Drake ahora tiene 29 barcos (con los propios y los capturados), con todo tipo de provisiones por lo que deciden "pasearse" por el litoral español y portugués, con destino a Lisboa, pero arrasando todo a su paso, no respetando siquiera a los barcos pesqueros ni las lonjas de pescado.


En el Algarve desembarcan y saquean varias ciudades, capturando a personas como rehenes para pedir rescates por ellos (pura piratería).


Una rebelión en la flota inglesa, debido a disparidad de opiniones sobre lo que debían hacer a continuación, motivó que parte de la misma regresara a Inglaterra mientras que nueve barcos, capitaneados por Drake, se dirigieron a las Islas Azores para saquearlas.


En el trayecto, interceptan y capturan un barco cargado de oro, especias y seda de América con lo que se olvidaron de las Azores emprendiendo la marcha hacia Inglaterra con una gran fortuna en sus bodegas: aproximadamente 114.000 libras, equivalente a casi 13.000 escudos. Una cantidad que no servía para construir galeones (cada uno costaba en torno a 50.000 escudos) pero sí para armar los numerosos barcos que los ingleses consiguieron reunir, en su mayoría mercantes reacondicionados para la guerra.


Drake fue recibido en Londres como un héroe y premiado por la reina llevándose además una décima parte del botín conseguido. Por otro lado, el objetivo principal de retrasar la construcción de la gran Armada española se había conseguido, dando tiempo a Inglaterra para concluir la suya.


Como vemos, en Inglaterra no estaban tan atemorizados como se nos hizo creer durante siglos, al ser un pueblo pobre que carecía de medios para enfrentarse a un imperio como el hispánico. Un pequeño reino en el que su soberana se puso al frente de sus súbditos, como una soldado más, arengándoles con que lucharía a su lado frente a los despiadados invasores de una España fanática.


En junio de 1588, un mes antes de la salida de la Armada española hacia Inglaterra, la flota inglesa ya tenía 105 barcos bien equipados y construidos con las técnicas más sofisticadas en el puerto de Plymouth. Aparte, otra flota de 23 navíos patrullaba el Canal de la Mancha.


Otras 90 embarcaciones inglesas y holandesas mantenían a raya el contingente del duque de Parma que construía su propia flota de asalto.


Sintiéndose seguros con el despliegue de medios en retaguardia, la reina Isabel autoriza otra incursión en España, pero con más naves que la anterior, esperando dar un golpe de gracia que no se produjo por las tempestades, obligando a la flota a regresar a Inglaterra.


Isabel, a pesar de la formidable Armada que había conseguido construir, era consciente de que se enfrentaba al mayor imperio que la Historia había conocido, por lo que quiso prepararse ante una posible derrota naval que permitiera el desembarco de los tercios españoles.


Los rebeldes holandeses, que estaban siendo financiados por la Corona inglesa, informaron a la reina de cómo eran los tercios de España. Los conocían bien pues mantenían constantes enfrentamientos contra la infantería española en Flandes.

Si el duque de Parma preparó un contingente de 25.000 soldados para invadir Inglaterra, en Europa se mantenía el poder español con otros 65.000 soldados que recorrían continuamente el conocido como “Camino Español”, entre Italia y los Países Bajos. Esta increíble fuerza humana de élite incluía 4.000 soldados especialistas tanto en defensa de fortalezas como en misiones de asedio.


Todo esto lo sabía la reina Isabel ya que sabía perfectamente quién era el duque de Parma, gobernador de los Países Bajos españoles, y cómo conquistó Amberes en 1585 al frente de los Tercios. En Holanda hay numerosos ríos y canales que la infantería española aprendió a sortear con unidades de pontoneros (que construían puentes) y gabarras para atravesarlos.


Isabel formó un ejército preparado para luchar contra esos legendarios Tercios. Era lo que le aterraba de verdad pues sabía de la pericia del duque de Parma en el campo de batalla.


Así que el ejército inglés no eran unas pocas milicias mal preparadas como se nos hizo creer, sino que lo conformaban unidades de todo tipo que habían combatido también fuera de su País.


Tras la conquista de Amberes por los Tercios españoles, la reina Isabel envía un contingente de 8.000 soldados y jinetes más cofres cargados de dinero en apoyo de los rebeldes de los Países Bajos españoles. Fueron rechazados por Farnesio pero demuestra que Inglaterra se veía con poder suficiente como para una empresa tan arriesgada.


Isabel también sabía que si los españoles conseguían desembarcar no irían a ciegas pues llevaban consigo a 200 exiliados católicos que habían huido de Inglaterra que les informarían por donde era más prudente marchar para evitar emboscadas. Así que preparó el reino para la invasión: los españoles no lo iban a tener fácil para llegar a Londres.


¿Por qué tomaron el rumbo de Irlanda?

En el mapa, de la web armadainvencible.org, la cual recomendamos, se observan los puntos en los que se produjeron naufragios y detalles de los mismos.


El duque de Medina Sidonia no quiso dirigirse a ningún puerto de Alemania por temor a que se saboteara la Armada ya que la zona estaba llena de protestantes, pero eso difícilmente hubiera pasado.


Habrían contado, con casi toda seguridad, con protección militar de Alejandro Farnesio. Pero no era segura la ayuda del del Sacro Imperio, aliado de España, porque su soberano, Rodolfo II, sobrino del rey Felipe II, había perdido su infuencia sobre los Estados alemanes del norte.


El duque de Parma reclutó a muchos marineros de su flota en Hamburgo, Bremen y Emden. Eran ciudades donde hubieran podido arribar los barcos de la Armada y ser reparados. Con respecto a la seguridad, únicamente hubiera sido necesario establecer turnos de guardia con el contingente adecuado tras hablar con las autoridades locales al respecto. Pero el comandante de la Armada no termina de fiarse y decide, junto con su Consejo, marchar a Escocia e Irlanda en su huída.


¿Acaso el duque de Medina Sidonia no quiso enfrentarse a la bronca que sin duda le habría echado el duque de Parma? Tal vez no fue a su encuentro por temor a quedar desautorizado ante sus hombres porque de seguro que, de haberse refugiado en Flandes (o Alemania), el duque de Parma se habría hecho con la dirección de la gran Armada.


Pero lo cierto es que Farnesio nunca estuvo a favor de la invasión de Inglaterra pues desde un principio lo consideró una empresa descabellada. Lo que sucedió es que, como buen militar, acató las órdenes de su rey pero jamás estuvo convencido.


Cuando el correo del comandante de la Armada llega a Flandes para notificarle al duque de Parma que ya podían embarcar, se encuentra con que apenas había unos pocos miles de soldados, escasas barcazas de transporte y muy pocas piezas de artillería. Fue algo que le descuadró hasta que le dijeron que el grueso del ejército estaba aún en su cuartel general en la ciudad de Brujas.


¿Por qué motivo no estaba preparado Alejandro Farnesio? Esa espera a que llegaran las tropas motivó la escasez de víveres de la Armada y la llegada del mal tiempo dando lugar al desastre que ya conocemos.


Tras la batalla de las Gravelinas, el daño estaba hecho porque la formación de la gran Armada se había roto definitivamente y el mal tiempo continuaba. Los soldados de Alejandro Farnesio no pudieron embarcar por lo que se decide regresar a España: más valía volver con la Armada casi intacta y esperar a un mejor momento que perder más barcos y marinos en aguas tan traicioneras.


Imaginemos la desazón de los capitanes y el malestar de los soldados y marinos cuando se les trasladó la orden tomada por el comandante de la Armada (secundado por sus lugartenientes a los que consultó previamente).


Se barajó ponerse en manos de los ingleses ya que la falta de recursos desesperaba a la tripulación. Afortunadamente para ellos, no lo hicieron porque hubieran sido muchos de ellos ejecutados (como sucedió con los náufragos después en Irlanda). Aparte, la reina Isabel se hubiera hecho con la Armada y la habría enviado contra España con sus propios soldados y marinos. Unida a la Contraarmada, hubiera sido de tal magnitud (unos 170 barcos) que difícilmente España hubiese podido defenderse.


Otros capitanes del Consejo del duque de Medina Sidonia propusieron combatir pero los más sensatos pensaron que la tempestad acabaría por destrozar a la gran Armada. Al contrario, idearon aprovecharla para huir apoyándose en los vientos que les sacarían de ese infierno.


Para cuando se da la orden de la retirada, 16 embarcaciones de la Gran Armada se han perdido, pero aún quedan 114, con lo que hubieran podido retomar la empresa una vez reaprovisionados en tierras del sacro imperio germánico, aliado de España. Pero, como ya se adelantó antes, se prefirió la alternativa de regresar a España bordeando las islas para así no atravesar de nuevo el Canal de la Mancha.


La descoordinación propició el error táctico

Alejandro Farnesio, duque de Parma, no estaba preparado del todo cuando llegó la flota española al Canal de la Mancha, pero no se explica puesto que se le avisó dos meses antes. Es más, en correspondencia del propio duque, éste avisa de que ya tiene su flota preparada y a sus huestes a la espera de que llegue la Armada para darles protección en el traslado de las tropas a Inglaterra. ¿Qué sucedió?


La respuesta es que se perdió el efecto sorpresa. Los planes de invasión, al retrasarse tanto, ya eran conocidos en toda Europa y por supuesto por los ingleses, que reforzaron su Costa y su Armada. Por otro lado, sus aliados holandeses aumentaron sus ataques a los Tercios españoles en los Países Bajos.


El rey considera que la Armada española debe ir con toda su potencia de fuego al encuentro de Alejandro Farnesio, no con una avanzada primero y el resto de efectivos después. Teme que si no va completa pudiera ser destruida por los ingleses (se ve que el rey también sabe ya que Inglaterra posee una flota imponente).


Coordinar dos grandes operaciones militares sin un sistema de comunicación eficaz, era complicado

La Armada llegó a estar a tan solo 17 kilómetros de la costa inglesa y en ese momento el mal tiempo forzó a que la Armada inglesa permaneciera en el puerto, con lo que llegó a estar a merced de los españoles. ¿Por qué no atacó el duque de Medina Sidonia?


Es probable que Álvaro de Bazán si hubiera atacado no desaprovechando esa oportunidad y lo imagino porque sus capitanes, que eran los que llevaba el duque de Medina Sidonia, le recomendaron a éste que lo hiciera. Sabían que era lo que hubiera ordenado su almirante, fallecido pocos meses atrás.


Hasta 90 embarcaciones se hallaban en Plymouth, las cuales no estaban preparadas para combates a corta distancia en los que la potencia naval española era muy superior, sin embargo, el duque de Medina Sidonia ordena continuar hasta Dunkerque.


El rey Felipe le dejó claro al duque su orden de no atacar antes de recoger las tropas acantonadas en Flandes ya que la misión de la Armada era proteger el desembarco de los Tercios y apoyar la invasión con los soldados de refuerzo procedentes de la Península Ibérica.


Más adelante veremos por qué la decisión del duque fue acertada y como gracias a su disciplina evitó un desastre mayor del que sucedió al no atacar a la flota inglesa en Plymouth.


El almirante de la flota inglesa no se cree su buena suerte y en cuanto ve la oportunidad él sí que no se lo piensa ordenando la salida de la ratonera que es el puerto de Plymouth. Lo hace por la noche, para no perder tiempo, con lo que al día siguiente alcanzan la retaguardia de la Armada española


Al divisar la flota inglesa, los barcos españoles se colocan en formación de medialuna por lo que los ingleses se dividen en dos para atacar los dos flancos, aunque resulta imposible acercarse sin resultar dañados.


Los ingleses, sabedores de que entablar combate abierto contra la gran Armada es un suicidio, prefieren atacar por la noche o perseguir a los navíos españoles rezagados por tener problemas. Eran tácticas propias de piratas, pero es que Francis Drake es lo que era y por lo tanto a lo que estaba acostumbrado, lo que le sirvió para hacerse con alguna que otra embarcación española.


Cuando los barcos españoles capturados estaban demasiado maltrechos, los ingleses intentaban llevarse todo lo que pudieran antes de que se hundieran, incluyendo los cañones.


Pero, ¿por qué el duque de Parma no estaba preparado?


El servicio de correos de la época era el de postas a una distancia de veinte kilómetros entre ellas (aproximadamente), con dos caballos en cada una para garantizar la mayor rapidez de la correspondencia imperial. Un jinete llevaba el correo acompañado de otro, conocido como el postillón. Éste último lo había en cada posta, encargado de devolver los caballos a su origen. El jinete continuaba su marcha cambiando de caballo en cada posta, con lo que al no cansarse tanto el animal el correo iba más veloz, incluso si el jinete paraba para descansar, le sustituía otro y así la correspondencia no se retrasaba.


Por el sistema de postas, desde la Coruña a los Países Bajos españoles, la correspondencia hubiera tardado no más de tres semanas con lo que si el duque de Medina Sidonia envió su correo al de Parma a final de mayo, el de Parma debía estar más que preparado cuando el primero llegó con la Armada frente a Flandes.


Carlos Canales y Miguel del Rey en «Las Reglas del viento: Cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI» sostienen que Alejandro Farnesio no tenía nada preparado e incluso se hallaba en la ciudad de Brujas, no en Dunkerque.


La flota inglesa decide dividirse en cuatro escuadras alternándose para que el hostigamiento a la Armada española sea continuo sin que suponga un desgaste excesivo de los ingleses, pero se produce un combate junto a la Isla de Wight.


Habían transcurrido diez días desde la carta enviada por la Armada al duque de Parma, pero no llegaba la respuesta viéndose obligados a responder al fuego inglés que les obligaba a maniobrar para alejarse de la Costa y así no encallar.


La Armada se vio obligada a dirigirse a Calais, más al norte, ante el atosigamiento de los ingleses, a 35 kilómetros del campamento español de Dunkerque.


Hubo otra ocasión perfecta para asestarles un golpe mortal a la Armada inglesa, cuando el comandante de la escuadra de galeazas procedentes de Nápoles, Hugo de Moncada, quiso hacer lo mismo que Drake y atacar los barcos enemigos rezagados. Las galeazas eran más rápidas y tenían potencia de fuego, pero el duque de Medina Sidonia, de nuevo, no lo permitió: aún no habían embarcado a los Tercios, que era la orden expresa del rey Felipe.


Con respecto al duque de Parma, que aguardaba en Dunkerque, una misiva partió el 25 de julio desde la Armada, en una de las embarcaciones habilitadas para el correo, con el objetivo de informarle que ya estaban en la Costa de Flandes. Pero aquí hubo un segundo problema con respecto a las comunicaciones: los barcos-correo llegaban con dificultad a la Costa debido al mal tiempo, así que la correspondencia entre los dos duques (el de Parma en tierra y el de Medina Sidonia en el mar) tardaba más de lo deseable, lo que daba lugar a una mayor descoordinación.


Alejandro Farnesio tenía sus propios problemas con los protestantes rebeldes, que no cesaban de atacarles con lo que pasan los días y la Armada llega a Calais enviando una delegación el de Medina Sidonia al regidor de la ciudad para garantizar que no tendrán problemas desde la línea de costa. Es un momento de tensa tranquilidad que los ingleses aprovechan para reforzar su flota con más barcos.


Por fin llegan noticias de Farnesio: necesita una semana para desplazarse desde Dunkerque a Calais y embarcar a sus tropas. Se excusa diciendo que los rebeldes holandeses no paran de atacarles, bloqueando las rías por las que pudieran moverse más rápido con sus barcazas.


Pero a los españoles les aguarda una desagradable sorpresa por la noche del primer día de espera.


Solo hubo una gran batalla que ganó España

Mapa naval antiguo del Atlántico
A lo largo del siglo XVII, España seguía siendo dueña de los mares

Aquel verano de 1588 en el que se produjo el "ataque" de la Invencible, la única verdadera batalla que hubo la ganó la Armada española, pero no le supondría la victoria final ya que tuvieron que retirarse sin alcanzar sus objetivos.


Los ingleses no atacaban de modo contundente y frontal, conscientes de la superioridad de fuego enemiga si se acercaban demasiado, además de la experiencia de los españoles abordando barcos. Así que mandan brulotes pesados, cargados de pólvora para que hagan todo el daño posible en la formación de la Armada, tomando una decisión fatal varios de sus capitanes: cortar amarres para dar tiempo a esquivar a los brulotes.


Anclados como estaban aguardando las tropas de Alejandro Farnesio que no llegaban, ante el ataque repentino de los ingleses, se vieron algunos navíos obligados a cortar los amarres para no ser alcanzados por los brulotes, pues no les daba tiempo a levar anclas.


Esta medida les impedirá después recuperar la posición puesto que las fuertes corrientes marinas impiden mantenerse en un punto determinado si no echan anclas. De hecho, el capitán Hugo de Mendoza muere al encallar su nave, la San Lorenzo y otras embarcaciones se habían dispersado para evitar correr la misma suerte o no chocar entre ellas o con los brulotes.


Frente a la localidad francesa de Gravelinas, el 8 de Agosto, se produce la única gran batalla. El duque de Medina Sidonia tal vez era un marino inexperto pero no solo demostró sensatez sino también humanidad y valentía, desde la salida de la Armada en la Península Ibérica hasta los desdichados días en el Canal de la Mancha y las horribles jornadas de retorno a España.


He dicho sensatez que no arrojo, lo cual era lo que le pedían sus capitanes ya que, a fin de cuentas, habían ido a batallar. No eran un mero medio de transporte pues la Armada llevaba 19.000 soldados.


Los consejeros del duque le dirían algo así: << ¡ataquemos Plymouth! ya volveremos después a por los tercios pero destruyamos la Armada inglesa primero >>. Pero el de Medina Sidonia se resistía a dejarse llevar por los consejos de experimentados lobos de mar curtidos en mil y una batallas navales. Prefirió no contrariar a su rey.


En La Coruña, don Alonso permitió a decenas de hombres (a los que se obligó a enrolarse) que regresaran a sus hogares ante las súplicas de sus esposas ya que si morían sus maridos se quedarían sin sustento para mantener a sus familias. Era por lo tanto un noble de alta alcurnia pero con una personalidad cargada de humanidad, sensible.


En el Canal de la Mancha, frente a las Gravelinas, el duque de Medina Sidonia demostró su valentía, como ya lo hizo en anteriores ocasiones (por ejemplo, cuando defendió Cádiz del ataque inglés un año antes).


Don Alonso Pérez de Guzmán colocó su nave entre la Armada inglesa y la española para permitir a ésta última rehacerse mientras él con sus hombres se enfrentaban solos a una potencia de fuego endiablada que se concentró en su navío por ser la del comandante de la Armada. Los ingleses le identificaron y sabían que hubiera sido una victoria esencial, hundir o capturar la nave capitana de la flota española, pero el duque de Medina Sidonia consiguió salir de ese embate y reunirse con los otros barcos cuya retaguardia había defendido con tanto coraje.


No pudo impedirse que un galeón español fuera destruido y otros tres encallaran. Además, numerosas embarcaciones habían resultado dañadas y se habían producido cientos de muertos y multitud de heridos.


Los ingleses no escaparon mejor, solo que la reina Isabel, al saber el desastre que los españoles habían causado en su flota, ordenó que se silenciara para que no bajara la moral de sus tropas en tierra.


La correspondencia que recibió la reina procedente del escenario de combate le menciona que 60 embarcaciones habían quedado completamente maltrechas con cientos de bajas mortales y un sinfín de heridos. Así que el desenlace de la batalla de las Gravelinas fue a favor de España cuya Armada consiguió resistir e infligir numerosos daños humanos y técnicos al enemigo.


Pero el duque de Medina Sidonia toma otra decisión considerada por muchos estrategas como fallida: ordenó zarpar para reunirse con la flota dispersa cuando si se hubiera quedado con las naves que aún mantenían sus anclas (muchas de ellas) se habría reforzado con el contingente de Alejandro Farnesio. Recordemos que también contaba con una pequeña Armada propia.


El conflicto entre Martínez de Recalde y el duque

Retrato de Juan Martínez de Recalde
Almirante general Juan Martínez de Recalde

Una empresa de tanta importancia como la Felicísima Armada (nombre que le dio Felipe II) debía estar asesorada por los mejores marinos de la época, pero el rey falló en el sustituto de Álvaro de Bazán, primer comandante de la Armada.


Cuando don Álvaro fallece, nombrar al duque de Medina Sidonia, sin experiencia marítima, fue una temeridad. ¿Por qué tomó el monarca esa decisión? ¿Acaso no se fiaba de los capitanes de la Armada? De hecho, Álvaro de Bazán le recomendó a su hermano, Alonso de Bazán, pero el rey no le hizo caso. Gran error puesto que don Alonso era (como decía su hermano) el más experimentado marino español.


Ahora bien, el duque no era un militar inexperto ni un estratega torpe. De hecho, planificó la invasión de Irlanda contemplando todos los pros y contras solo que el rey no lo tomó en consideración. En cambio, carecía de pericia naval lo que él mismo intentó que el monarca entendiera, pidiéndole que le relevara de la misión encomendada, no surtiendo efecto. No obstante, le acompañaba el insigne Juan Martínez de Recalde, almirante general y el más prestigioso marino español de la época después de don Álvaro de Bazán con permiso del hermano de éste, Alonso de Bazán.


¿Por qué el rey Felipe no confió ni en Martínez de Recalde ni en Alonso de Bazán para dirigir la Armada? La respuesta pudiera ser de índole económica.


El duque de Medina Sidonia trató a la Armada como una empresa de su propiedad y por ello se cuidó mucho de salvaguardarla de combates. Tal vez incluso decidió marchar por Irlanda de regreso a España creyendo (sin duda) que era la ruta más segura para que retornaran el mayor número de barcos. La razón es que, en cierto modo, sí que era copropietario de la Armada ya que él y su familia, poseedores de un gran patrimonio, invirtieron cientos de miles de ducados.


Cuando el duque llegó a Lisboa se encontró con 104 barcos pero cuando zarparon había 130. Por lo tanto, bien pudo haber invertido el duque de Medina Sidonia en construir o pertrechar a los navíos que se incorporaron tras hacerse con la jefatura de la Armada. De hecho, el duque se quejó por escrito de la enorme deuda que le había generado la "encomienda". Es de suponer que esperaba resarcirse con el botín conseguido tras la invasión de Inglaterra pero, al fracasar, la familia del duque debió verse en serios aprietos económicos.


Sin embargo, el duque no deseaba dirigir la flota, aunque inviertiera dinero en ella y de seguro que consideraría a Martínez de Recalde más capacitado o Alonso de Bazán. Éste último era especialista en desembarco y ataque habiendo estado destinado en galeras (barcos más propicios para el Mediterráneo), participando en la reconquista del Peñón de Vélez de la Gomera y con posterioridad en las galeras de Sicilia, que formaba parte del imperio hispánico. Además, formó parte del contingente español de la Liga Santa en la Batalla de Lepanto, siendo capitán de galera y se enfrentaría a los turcos en alguna ocasión posterior.


Alonso de Bazán contribuyó de gran manera y con éxito en la conquista de las ciudades y colonias rebeldes portuguesas cuando el rey Felipe fue nombrado rey de Portugal. El propio Francis Drake no se atrevió a enfrentarse a él tras el saqueo inglés de varias ciudades de España y Portugal, prefiriendo marchar a las Azores.


Álvaro de Bazán enferma pero recomienda al rey Felipe que envíe parte de la Armada española con su hermano Alonso como capitán general para encontrarse con Alejandro Farnesio que aguarda con su propia flota en Flandes: 70 navíos y otras 70 barcazas para desembarco de tropas. Lo que sucedió es que, como vimos antes, el rey no quiso fragmentar la Armada.


Con respecto a Martínez de Recalde, había hecho la ruta de las Indias por el Atlántico en varias ocasiones con lo que sabía perfectamente cómo se las gasta el Océano. Además, conocía las costas de Irlanda muy bien. Que acompañara al duque de Medina Sidonia como segundo de la Armada española le otorgaba a la empresa, en principio, garantía de éxito pero el duque no se deja asesorar ya que sigue de modo escrupuloso las órdenes del rey.


En un epígrafe anterior hice mención del episodio de Plymouth cuando se dan cuenta de que gran parte de la flota inglesa está amarrada en ese puerto. Martínez de Recalde recomienda al duque atacar para destruir todos los barcos que puedan y así asegurar la retaguardia de camino a Flandes. Pero el duque ordena seguir sin atacar.


No lo hizo por estrategia (o tal vez sí) sino por disciplin: llevaba órdenes del rey que se propuso cumplir con exactitud de no atacar si no era necesario antes de embarcar a los Tercios de Flandes. Y así lo hizo pero lo cierto es que fue una decisión acertada porque de haber atacado en ese momento Plymouth se hubiera metido en un agujero del que le habría costado mucho salir y con graves daños para la Armada.


Los ingleses colocaron baterías de artillería por toda la Costa pero en especial en torno a los lugares donde los españoles pudieran desembarcar o en las ensenadas de los puertos.


De haber hecho caso el duque de Medina Sidonia lo que le aconsejaban varios de sus experimentados capitanes, incluido el almirante Martínez de Recalde, la Armada se hubiera visto sometida a un intenso fuego de artillería. Con lo que le costaba maniobrar (recordemos lo sucedido con los brulotes) habría sido una ratonera para los españoles. Por otro lado, tampoco olvidemos que parte de la flota inglesa patrullaba el Canal de la Mancha con lo que la Armada española se hubiese visto acorralada si el ataque se alargaba más de un día.


Por lo tanto, la Armada continúa su ruta hacia Flandes pero Martínez de Recalde, almirante responsable del desembarco para la invasión, está bastante cabreado porque el duque no atacó Plymouth.


Una vez llegan a la costa de Flandes, se produce el episodio de los brulotes incendiarios que han de esquivar, cortando los amarres para moverse más rápido. Ya sabemos lo que pasó: continúan hacia el norte donde aguardan la llegada del ejército de Alejandro Farnesio, pero siguen siendo atosigados por los ingleses, produciéndose la batalla mencionada de las Gravelinas en la que el duque demuestra tener extraordinarias dotes para el combate y la estrategia.


Los vientos empujan a la Armada hacia la playa y sin anclas parece que el desastre es inevitable por lo que temen estrellarse pero esos mismos vientos cambian repentinamente.


El duque de Medina Sidonia ordena, mediante su sistema de señales con salvas de cañones, reunir la Armada e intentar la huida mar adentro. Pero la flota está dispersa y sus capitanes actuando de manera autónoma sin seguir órdenes pensando cada uno en su propia salvación.


Cuando el duque consigue controlar la situación decide dar una lección de autoridad por temor a perder la poca que le queda y ejecuta al capitán Cristóbal de Ávila, exponiendo su cadáver a la vista de todas las embarcaciones como advertencia de que no permitirá ninguna otra insubordinación.


Choca que alguien que se muestra sensible ante las súplicas de las familias de los marineros tome una decisión tan drástica de ejecutar a los amotinados en vez de mantenerles bajo vigilancia. Peero lo cierto es que las ejecuciones hubieran seguido de no ser por el prestigioso y respetado Juan Martínez de Recalde que también se negó a seguir las órdenes. El duque no se atrevió a ejecutarle porque era muy apreciado entre las tropas.


Completamente desautorizado, el de Medina Sidonia reúne a sus capitanes (entre ellos a Recalde) y toman la decisión, de forma conjunta, de rodear Escocia e Irlanda para regresar a España.


¿Por qué no se dirigieron a Flandes donde Alejandro Farnesio aguardaba? Allí los barcos se habrían reparado, las tropas hubieran descansado y ya más calmados reorganizar la Armada para una segunda intentona.


Pudiera ser que el duque temiera que el de Parma, muy apreciado por el rey, le culpara del desastre y decidiera hacerse con el control de la misión.


En su retirada, divisan a los ingleses persiguiéndoles y ahí vemos que la Armada de Inglaterra se había visto muy afectada por la batalla en las Gravelinas porque el contingente llevaba 46 barcos menos. Seguramente recibieron algunos navíos de refresco tras recibir la reina el dato de que su flota había quedado muy dañada.


El duque de Medina Sidonia ordena que se pare la Armada para entablar un nuevo combate contra los ingleses pero llevaban días navegando y los segundos se habían quedado sin provisiones por lo que optaron por no enfrentarse a los españoles y marcharse. La decisión que se tomó en Londres fue perseguir a la Armada desde la costa pues saben que tarde o temprano se verán obligados a reaprovisionarse y ahí estarían aguardándoles desde tierra.


Muchos barcos españoles hacían aguas por los daños sufridos por lo que se ordena tirar a los animales por la borda con la idea de aligerar el peso: otro gran error ya que su carne hubiera servido de alimento y no que se quedaron sin víveres a los pocos días.


En principio no tenían pensado arribar en Irlanda ya que sabían que los soldados ingleses les perseguían desde tierra, pero las tempestades empujaron a muchos barcos hacia la costa irlandesa. Antes de esta vicisitud, un correo salió de la nave capitana para llegar a España e informar del desastre: se había pedido más de una treintena de barcos y las bajas se contaban por miles.


A pesar de la catástrofe en Irlanda con los naufragios y la matanza de supervivientes a cargo de soldados ingleses ayudados por mercenarios irlandeses, la Armada consigue regresar a España con 90 de los 130 barcos que zarparon dos meses antes.


Durante un mes seguían llegando barcos pues de regreso se habían perdido hasta conseguir hallar la forma de volver o estaban tan deteriorados que les costó mucho alcanzar el Cantábrico español. Es más, algunos llegarían a naufragar a escasas millas de la costa.


¿Qué le pasó al comandante de la Armada, el duque de Medina Sidonia? Nada más llegar a Santander y tras rehacerse del malogrado viaje de regreso, partió hacia su residencia en el sur de España sin pasar siquiera por la Corte para rendirle cuentas al rey. Prefirió explicarle lo sucedido en un detalladísimo informe que Felipe II, sin duda, debió estudiar a fondo porque se desvivió con los supervivientes y familias de las víctimas. El rey no culpó a nadie, salvo a sí mismo, tomando nota de sus errores.


¿Se equivocó el rey con el almirante?

Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, advirtió al rey Felipe, en reiteradas ocasiones, que no se veía capacitado para dirigir la Armada o incluso que no la veía preparada para la empresa encomendada.


Sin embargo, consiguió regresar a España con dos terceras partes de la Armada, la cual la formaban todo tipo de embarcaciones, como ya vimos antes.


Alonso de Bazán era hermano del gran Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz y primer almirante de la Armada, hasta su fallecimiento. Sería sustituido por el duque de Medina Sidonia, pero don Álvaro le pidió al rey que considerara a su hermano Alonso para el cargo, lo que no tuvo en cuenta Felipe II.


Es posible que Alonso lo hubiera hecho mejor que el duque, teniendo en cuenta sus grandes hazañas bélicas anteriores y posteriores. En 1589, persiguió a la Contraarmada inglesa enviada por la reina Isabel para destrozar lo que quedara de la Armada española y de camino saquear varias ciudades en la Península Ibérica. Pero fue una catástrofe para los ingleses y Alonso de Bazán tuvo mucho que ver en ello, hundiendo una de las naves capitanas de la flota inglesa, la del capitán Minshaw.


Alonso de Bazán, como almirante de la Armada española (ahora sí), con 155 barcos, se enfrenta a los ingleses en 1591 consiguiendo una aplastante victoria en la Batalla de Flores, cuando Isabel manda 22 navíos para intentar el asalto de la Flota española de las Indias y hacerse con sus riquezas. Cierto que la armada española era gigantesca pero demuestra también que los ingleses no la destruyeron en 1588, otra de las grandes mentiras en torno a la Invencible, ni tampoco España perdió el dominio de los mares.


Es más, en 1594, Alonso de Bazán derrota en las Islas Azores de nuevo a los ingleses cuando intentan repetir el asalto a la Flota española de las Indias.


Volverá a hacerlo en 1597 en esta ocasión contra una enorme Armada (140 naves) formada por Inglaterra y las Provincias Unidas de los Países Bajos que se habían independizado de España. Se trata de la Expedición Essex-Raleigh (por los apellidos de los jefes de esa flota). La derrota de ingleses y holandeses fue de tal calibre que ahí sí puede decirse que Inglaterra (y Holanda) perdieron la posibilidad de arrebatar el dominio del Atlántico a los españoles que lo mantuvieron por todo el siglo XVII.


Alonso había acompañado a su hermano Álvaro en casi todas sus campañas con lo que conocía perfectamente su táctica.


¿Había leído don Álvaro sobre la conquista normanda de Inglaterra?


En 1066, en la llanura de Hastings, se produjo unas de las más memorables batallas de la Historia entre el ejército del rey Harold II de Inglaterra y el del duque Guillermo de Normandía. Duró todo el día resultando victorioso el normando que unió la Isla a sus posesiones en Francia.


Los normandos eran de origen vikingo, como los daneses que habían reinado en Inglaterra durante décadas, pero más refinados. Sin embargo, la mayor parte de la población inglesa era de origen anglosajón.


El rey Eduardo, antes de morir, le prometió al duque Guillermo que le cedería la corona, éste se lo tomó en serio e invadió Inglaterra cuando un anglosajón accedió al trono, Harold, conde de Wessex.


Guillermo planifica la invasión, pero al mismo tiempo otro aspirante al trono inglés, el vikingo Harald III de Noruega cambió sus planes de invadir Dinamarca por la posibilidad de hacerse con Inglaterra al morir su rey.


Mientras Harald invade el norte de Inglaterra, Guillermo hace lo propio en el sur ayudado por bretones y flamencos y con la bendición del papa Alejandro II. Y es que Guillermo, aunque de origen vikingo, pertenecía a una rama convertida al cristianismo.


Sin embargo, los normandos mantenían las tácticas de sus antepasados nórdicos y cuando conquistaban un territorio lo hacían arrasándolo todo a su paso.


El caso es que el ejército normando desembarcado y sus tropas auxiliares superaban los 8.000 hombres que habían llegado en cientos de barcos desde Francia por lo que la Armada Invencible no era la flota más numerosa que se había visto en las costas inglesas, ni siquiera en ese siglo XVI, superada por una francesa anterior.


Si don Álvaro de Bazán, siendo como era un hombre culto, leyó lo sucedido en el siglo XI en Inglaterra, la última vez que la isla fue conquistada, pudo idear una táctica parecida de invadir Inglaterra por dos puntos distintos, abriendo dos frentes que dividieran al ejército inglés y a su Armada.


De haberse realizado la doble maniobra de Álvaro de Bazán, junto a la ayuda de Alejandro Farnesio, los ingleses no hubieran tenido posibilidades pues carecían de efectivos suficientes para enfrentarse a dos ejércitos: un frente en Irlanda y el otro en Inglaterra.


Claro que el duque de Parma propuso que la Gran Armada se enfrentara a la inglesa en mar abierto dejando el Canal de la Mancha libre para que los tercios desembarcaran en la costa inglesa por sorpresa. De ahí que le fastidiara tanto a Farnesio que se retrasara tanto la operación porque se perdió dicho factor sorpresa, lo que transmitió como protesta enérgica al rey Felipe en una misiva.


Álvaro de Bazán y su hermano Alonso sabían moverse con galeones como demostró en la conquista de las Islas Azores. El segundo de ellos estuvo con su hermano en la preparación de la Armada, coordinando las labores de los astilleros y la gigantesca concentración de medios humanos y técnicos que conllevó tal empresa.


El primer problema fue que los barcos necesarios según los cálculos de Álvaro de Bazán tardaban en incorporarse pues llegaban desde todos los confines del imperio. Esa tardanza favoreció la aparición de enfermedades por la falta de alimentos e higiene puesto que ya había muchas tripulaciones embarcadas esperando la orden.


Al tifus se unió la peste que trajo una de las escuadras incorporadas, diezmando a la tripulación, incluido el propio Álvaro de Bazán que se contagiaría al visitar a sus hombres enfermos en el Hospital.


Medio año antes de que zarpara la gran Armada española, Álvaro de Bazán moría en Lisboa, siendo el nuevo almirante el duque de Medina Sidonia. Éste último no tenía relación con Alejandro Farnesio lo que motivó que la Armada llegara a Francia sin que las tropas del duque de Parma estuvieran aún preparadas (no había complicidad entre ambos). Cuando por fin lo estuvieron, las inclemencias meteorológicas impidieron su embarque.


El propio soberano había tomado la decisión de que la Armada se construyera en diferentes astilleros o se usaran distintos puertos para que se reuniera todo el contingente que más tarde marcharía unido hacia el Canal de la Mancha.


Ahora bien, el duque de Medina Sidonia no lo hizo tan mal ni mucho menos ya que consiguió regresar con 90 navíos de los 130 que partieron dos meses antes de España.


¿Qué hizo Alejandro Farnesio cuando se enteró del desastre de la Armada? Obrar con responsabilidad y valentía fletando cuatro grandes embarcaciones para rescatar a cuantos náufragos pudo en las costas escocesas.


El rey Felipe II se lamentó sobremanera por lo sucedido y con un gran cargo de conciencia socorrió a los supervivientes ofreciéndoles todos los recursos de la Corte, no siendo cierta la famosa frase puesta en sus labios: «Yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos».


El galeón San Martín, en el que viajaba el duque de Medina Sidonia, que causó una gran admiración entre los marinos ingleses por su tamaño, resistencia y sofisticación, se cobraría su particular venganza apresando al buque de Francis Drake cuatro años después.


¿Cuál fue la magnitud real de la catástrofe?

Como puede comprobarse, en la cultura popular anglosajona no se la conoce como Armada Invencible sino Spanish Armada (Armada española).


El apelativo burlesco, que se le puso porque fue vencida cuando presumía de ser invencible, ha sido usado más por españoles que por ingleses. Sin embargo, éstos últimos sí que han manipulado los sucesos reales para ocultar ciertos episodios muy poco honorables para Gran Bretaña.


Lo primero a los que nos enfrentamos es el caos de cifras dispares acerca de los muertos de la Armada española enviada por el rey Felipe II contra Inglaterra. Tampoco se tiene claro cuantos navíos se perdieron.


En total, se ha consensuado que el número total de barcos que componían la Armada osciló entre 127 y 130, al menos los que salieron de Lisboa con rumbo a su primera escala: La Coruña. Sin embargo, algunos testimonios hablan de 137 barcos de todo tipo.


Las distintas escuadras que completaron la gran Armada procedían de las flotas que el Imperio Hispánico poseía por todos los mares que surcaba, incorporándose navíos tanto de los que protegían las posesiones de América como del Mediterráneo. Pudo haber barcos que se incorporaran en última instancia no quedando registrados.


El plan era llegar a Flandes donde se embarcarían miles de soldados de los Tercios españoles. Pero es también muy posible que se perdieran barcos por el camino debido a los fuertes temporales del Atlántico ya que en el Canal de la Mancha se detectaron 122 navíos españoles. Al menos cinco barcos no llegaron a su objetivo, tal vez más: se perdieron por los fuertes temporales o encallaron en la costa francesa (es lo que le ocurrió a tres de las cuatro galeras que llevaba la Armada).


Hay que tener en cuenta que en 1587, una expedición inglesa, capitaneada por Francis Drake, saqueó las costas española y portuguesa destruyendo decenas de barcos que iban a formar parte de la Armada.

Réplica actual de un galeón
Galeón "Andalucía", réplica de los que surcaban el Océano en el s. XVI

Fuera cual fuese el número de navíos, debió impresionar a quiénes la vieran desde la costa (en especial a los ingleses cuando la divisaron por primera vez).


Se habla mucho de los galeones como los barcos más impresionantes de la época pero las urcas también impresionaban.


La Armada llevaba veinte galeones, con tres plantas y cargados de cañones. Unidos a los 46 grandes mercantes reconvertidos en galeones, tuvo que ser una imagen escalofriante.


Estas formidables plataformas flotantes tenían una eslora de 35 metros de media y una manga de más o menos diez metros, pudiendo desplazar 700 u 800 toneladas de carga.


El historiador Geoffrey Parker, uno de los especialistas que más a fondo han estudiado lo sucedido con la Armada española de 1588, dice que perdió tres galeones en combate pero ninguno fue capturado por los ingleses. El resto consiguieron retornar a España.


Por los combates, los ingleses causaron 1.500 muertos a los navíos españoles

Cuando salieron del infierno en el que se convirtió el canal, seguían en ruta 114 naves con lo que se habían perdido 14 o 15 antes de llegar a Escocia.


En los naufragios en Escocia e Irlanda se perdieron 54 barcos, aunque no se tiene claro pues muchos no han sido hallados. Pudieron perderse en el Océano o sus restos no haber sido encontrados aún, si quedara algo de ellos (otros navíos si fueron descubiertos por arqueólogos submarinos).


El historiador británico Robert Hutchinson, en su libro "La Armada Invencible" habla de medio centenar de barcos siniestrados de los que unos veinte naufragaron en Irlanda. El escritor Luis Gorrochategui cree que fueron no más de 35 barcos (es autor de "Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra").


El número total de fallecidos, entre combates, naufragios y asesinados por los ingleses en las costas de Irlanda, se cree que superó la cifra de 11.000 hombres. Pero las fuentes inglesas magnificaron la catástrofe hablando de 20.000 muertos (de los que 8.000 fallecieron por enfermedades durante el regreso a España).


Para terminar nuestro artículo compartimos con vosotros un vídeo del programa de RTVE "El Condensador de Fluzo", que os recomendamos. Nada tiene que ver con nuestra web pero como ya saben nuestros lectores habituales, solemos recomendar siempre algún canal de temática relacionada con el asunto que abordemos en cada post y en este vídeo se resume, de modo breve, lo que nosotros hemos extendido en el texto anterior.


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