El exorcismo del Albaicín

Actualizado: 13 de abr de 2018

Casi treinta años después, aun sigue desconociéndose el verdadero móvil del crimen.


Granada, 1990: la nueva década parece que promete. El turismo en la ciudad repunta de forma destacada, se inaugura la Biblioteca de Andalucía y se termina de rodar la serie “Réquiem por Granada”, la más cara de la Historia de la televisión hispana, sobre los últimos momentos del reino nazarí. Pareciera que, por fin, Granada será reconocida por su oferta cultural y sus hermosos monumentos, colocada en el puesto que merece en los circuitos turísticos internacionales. Se prevé una Semana Santa con los hoteles a plena capacidad. Pero un mes antes, en febrero, un suceso empañará estas expectativas pues llegaría a tener una gran repercusión mediática por lo espeluznante del caso: el conocido como “exorcismo del Albaicín”. La víctima, Encarnación Guardia Moreno, de 36 años de edad, sería torturada hasta la muerte alegando sus asesinos que le practicaban un exorcismo pues el demonio le había poseído.


Según testimonios posteriores durante la investigación, Encarnación llegó de Francia donde había permanecido años trabajando en un hotel, entrando en contacto con el espiritismo de la mano del propietario del establecimiento.


Ya en Granada, se encuentra con que algunos de sus parientes comparten con ella sus creencias espiritistas, de hecho, recientemente acababa de morir un primo de Encarnación y realizaban sesiones para intentar comunicarse con él, acudiendo en una ocasión Mariano Vallejo, un curandero que conocía la familia. Éste le llega a decir a Encarnación que un demonio le ronda e intenta poseerle. Teniendo en cuenta que la víctima creía en estas supercherías le entró el temor a que fuera cierto e incluso llegaría a sospechar que estaba embarazada.


El exorcismo


Diez días después, un gélido 31 de enero, vuelve a ver al curandero en casa de sus parientes y el individuo le ofrece a Encarnación un brebaje a base de aceite, un cuarto de kilogramo de sal y bicarbonato, todo diluido en agua (los ingredientes se conocieron tras el examen médico en el Hospital), que le provoca vómitos, pero seguía bebiendo para ver si causaba el efecto deseado que era, según algunos testimonios, abortar ante la posibilidad de que estuviera embarazada que era lo que verdaderamente preocupaba a Encarnación. Sus primas y el curandero deciden entonces atarle, debido a los espasmos, procediendo a golpearle e incluso una sobrina llegaría a introducirle por el recto un hierro candente y a destrozarle la vagina con sus propias manos, extrayéndole los intestinos, aunque se cree que ya estaba en coma, debido a la gran cantidad de sodio ingerida, por lo que pudiera no haberse enterado de la paliza que recibió su cuerpo que incluso sería arrojado violentamente contra una pared.


Al día siguiente, por la tarde, aún seguían infligiéndole tan horrible tormento y como no regresó a su casa, una hermana de Encarnación acude a la casa de sus primas para preguntar por ella y la encuentra desnuda y ensangrentada. La hermana se lo cuenta a su padre y los dos acuden a la casa de sus parientes con la Policía hallando una escena dantesca. Llamaron a una ambulancia, pero Encarnación solo aguantaría un día más pues moriría en el Hospital por causa de la elevada cantidad de sal ingerida y las graves lesiones, lo que le hizo entrar en coma.


Manuel García Blázquez, el forense que llevó el caso, de profundas convicciones religiosas, quedó impactado con el testimonio de los acusados, pero su profesionalidad se impuso a sus creencias y pudo comprobar, tras un exhaustivo examen médico, que se trató de un execrable crimen. La víctima presentaba un edema en las cuerdas vocales lo que motivaba que tuviera la voz grave. Una prima de la mujer asesinada, Enriqueta Guardia Alonso, diría que estaba aterrada porque su pariente no paraba de gritar que era la esposa de Lucifer y que iba a dar a luz a su hijo. Pero la autopsia reveló que no estaba embarazada.


Los asesinos serían encarcelados en el acto, tras el suceso, pero el juicio no se celebraría hasta casi dos años después. En el juicio, los testimonios de unos y otros se contradicen. Mientras el curandero decía que solo hizo lo que le pidieron, las primas de la víctima le echaron todas las culpas a dicho individuo y el padre de Encarnación declaró que su hija no quería volver a ninguna sesión espiritista porque les daba miedo. En este sentido, daba a entender su progenitor que le forzaron. La sobrina de la víctima, que también participó, reconocería que los cuatro participaron activamente en el exorcismo (Mariano, el curandero, las dos primas de Encarnación y su sobrina).


El fiscal del caso dijo que tras las pesquisas pertinentes averiguaron que la víctima ya tenía experiencia en misas negras y sesiones de espiritismo en su etapa en Francia. Les diría a sus familiares que el hijo que creía esperar era en realidad del demonio con lo que parecía que se sometió voluntariamente al exorcismo, pero el ritual se les iría de las manos convirtiéndose en una tortura terrible para Encarnación.


Mariano, el curandero, diría que en realidad estaba poseída por Lucifer y que para dominarle le tumbaba en el suelo colocándose de pie sobre ella. Añadió que la sobrina de Encarnación le introdujo las manos en la vagina una decena de veces sin encontrar nada, pero al comprobar cómo se le abultaba el ano, creyendo que era un cuerpo que salía y entraba a través del orificio, se lo extrajeron diciendo que desprendía humo y fuego. En la autopsia se comprobaría que se trataba de una hemorroide. Serían condenados a cinco años de cárcel. Otra pariente, propietaria de la casa donde tuvo lugar el suceso, sería igualmente condenada, aunque con una pena inferior, por no haberlo evitado. La Audiencia Provincial de Granada les condenó también a indemnizar a los dos hijos de Encarnación con cuatro millones de pesetas (el euro no entraría en vigor hasta diez años después).


Incluso las defensas de cada uno de los acusados se atacaban entre ellas intentando escapar de la condena o minimizarla culpando a los demás. Las primas de la víctima primero acusaron a su sobrina como la autora de los destrozos internos de Encarnación y después dirían que el verdadero culpable fue el curandero. La sobrina, Josefa, dijo que Mariano fue quien dirigió el ritual y que le amenazó con hacerle lo mismo a ella si no participaba.


Los misterios del caso


El médico forense escribió un libro después del juicio: “El exorcismo del Albaicín” (editorial Comares, Granada, 1992). En el relato, con todo tipo de explicaciones técnicas, escribe también un capítulo imaginando al autor del crimen dialogando con grandes pensadores de la Historia explicándoles la existencia del demonio y lo que le responden los sabios.


El doctor García Blázquez tuvo claro el diagnóstico: síndrome hiperosmolar causado por la ingestión de unos tres kilos de sal disueltos en agua. Su testimonio fue clave para la condena porque dejó claro que los criminales obraron con premeditación ya que al administrarle primeramente vinagre y pimienta ralentizaban la absorción de la sal por el estómago pues dichos componentes son bloqueadores, logrando que la agonía durara más. Lo que sí que no consiguió explicar el facultativo, desde una perspectiva racional y científica, fue el motivo por el que el cabello de Encarnación se puso tan rígido, según los presentes en el ritual; un cabello largo que debiera ser lacio y en cambio se erizó de forma inexplicable, aseguraron los acusados. Evidentemente, se trataba de otra patraña de los asesinos para intentar que se creyera que verdaderamente la víctima estaba poseída pero lo curioso es que fue el único detalle en el que no presentaron contradicciones los testimonios de los acusados: todos alegaron que el cabello de Encarnación, de unos 50 centímetros de largo, estaba erizado.


Con respecto a los ligamentos del cuello que presentaban un estado de lo más extraño, solo posible si la cabeza gira sobre sí misma de forma extrema, el examen forense dictaminó que es prácticamente imposible a no ser que estuviera ya cadáver. Pero Encarnación murió en el Hospital, aunque entró en "urgencias" estando ya en coma.


El otro misterio en torno al caso fue que el reportaje de la autopsia no pudo presentarse como prueba puesto que todas las fotografías, realizadas en película normal y en Polaroid, como era lo normal entonces, aparecieron veladas o borrosas. Se habían tomado medidas para impedir que los tubos fluorescentes afectaran al revelado instantáneo de las Polaroid, pero aun así salieron defectuosas. Lo mismo cuando se revelaron los carretes y lo más extraño aún: se había grabado también con una cámara de vídeo, pero del mismo modo la grabación aparecía velada. La cámara estaba en perfectas condiciones con lo que nadie se lo explicaba. Al contárselo a la magistrada del caso, ésta ordenó que se rehiciera el reportaje entero e incluso les acompañó al Instituto Anatómico Forense, pero volvió a suceder: todo el material se veló de nuevo. Finalmente se achacó a la escasa iluminación del lugar, lo que no convenció demasiado a los presentes dando lugar a todo tipo de rumores.

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