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Jerusalén durante la época de Cristo

Actualizado: 19 abr 2022

Jesús halló una ciudad corrupta, en gran parte por culpa de Roma

Multitud rezando en el muro de las lamentaciones
Muro de las lamentaciones; único vestigio del Templo de Jerusalén

Jerusalén trajo muchos quebraderos de cabeza a Roma pero los emperadores la mantuvieron e incluso la convirtieron en una ciudad al estilo de las grandes urbes de la Antigüedad.


Jesús no se enfrentó solo a las autoridades, sino a todo un sistema socioeconómico, el cual no estaba dispuesto a perder su modo de vida.


Llegan los romanos

Legionarios romanos desfilando
La Legión XI estuvo temporalmente en la Provincia de Siria

La base principal de las legiones de Roma se encontraba en Siria. En Judea se mantenían dos cohortes: una en la capital, Cesarea y otra en Jerusalén, formada por auxiliares (no romanos).


El primer general romano que llegó a Jerusalén fue Cneo Pompeyo, que venía de limpiar el Mediterráneo de piratas, siendo en ese momento el hombre más poderoso de Roma.


Corría el año 63 a.C. Pompeyo se dirige al sur por la costa fenicia. El victorioso general romano conquista todo a su paso sin apenas resistencia; tal es la fama de conquistador que arrastra que los reyezuelos que gobiernan los pequeños Estados en la región prefieren pactar una entrega pacífica de sus respectivos territorios.


Es lo que sucede en Judea, donde se libra una guerra civil entre dos partidarios al trono asmoneo: Hircano y Aristóbulo II. Hecho prisionero el segundo, Pompeyo y su ejército, con la ayuda de Hircano, sitian el Templo, donde se habían hecho fuertes los que aún resistían.


El asedio duró tres meses con lo que podemos imaginar cómo entraron los romanos en el fastuoso Templo de Jerusalén, masacrando a quiénes valerosamente habían resistido durante tanto tiempo. Sin embargo, Pompeyo no saquea el Templo y eso que era un centro de negocios de diversa índole gestionados por el sumo sacerdote.


El general entró en la sala más sagrada, el sancta sanctorum, seguramente intrigado por el misterio que la rodeaba.


Solo el sumo sacerdote podía entrar pues era donde, siglos atrás, había estado el Arca de la Alianza y donde la tradición judía decía que se hallaba la morada de Dios en la Tierra.


Pompeyo nombra sumo sacerdote a Hircano, quién le había ayudado en la conquista de Jerusalén, con el que controlará el tesoro del Templo. Era alguien odiado por los judíos porque le consideraban un traidor.


Así que el primer contacto de los hebreos con los romanos fue muy violento, pereciendo miles de judíos, comenzando a fraguarse la animadversión visceral que éstos sintieron siempre hacia los romanos.


Se asienta el odio hacia Roma

Efigie de Craso
Busto de Craso (Gliptoteca Ny Carlsberg)

Una década después llega otro general, Marco Licinio Craso, uno de los tres triunviros que se repartieron el poder en Roma en la década de los 50 del siglo I a.C.; los otros dos fueron Pompeyo y Julio César.


Craso se hizo con el gobierno de la nueva Provincia en Siria, que incluía Judea. El triunviro estaba más preocupado por conquistar el imperio parto y alcanzar gloria, para equipararse a sus dos colegas, que por mantener pacificado el territorio.


Necesitaba dinero con el que formar un gran ejército y no dudó en saquear cuanto podía, incluyendo el Templo de Jerusalén, pero murió en su intento de conquistar Partia. Parecía que el hecho de ultrajar el Templo les acarreaba graves consecuencias a quiénes se atrevían, como sucedió con Craso y sucederá después con Pompeyo.


El caso es que los judíos ya tenían un segundo motivo por el que odiar a muerte a los romanos: el saqueo de Craso a manos abiertas.


Tras una serie de vicisitudes enmarcadas dentro de la guerra civil romana que enfrentó a Julio César con Octavio Augusto y a la muerte del primero, con su lugarteniente Marco Antonio, en Judea los romanos ponían y deponían a los gobernantes y sumos sacerdotes a su antojo.


Así pasaron los años hasta llegar a Herodes el Grande, quién reinó toda Judea como pago por su colaboración con Octavio Augusto.


Rey Herodes, siervo de Roma

Cuadro de Rubens sobre la matanza de los inocentes
Matanza de los inocentes, Rubens (Museo Real de Bellas Artes, Bruselas)

El primer rey Herodes (después vinieron otros) es el de la matanza de los inocentes de la que por poco escapó Jesús, según el Evangelio de Mateo, considerada una ficción por la mayoría de historiadores.


Lo que sí hizo Herodes fue apoyar al hombre fuerte de Roma según las circunstancias: primero a Marco Antonio (sí, el de Cleopatra) y después al vencedor de la guerra civil, Octavio Augusto, primer emperador de Roma.


En honor a Marco Antonio erigió en Jerusalén la famosa Torre Antonia. Es donde se ubicaba la guarnición romana y que se baraja como uno de los posibles lugares donde fue torturado Jesús, varias décadas después.


Si ya de por sí odiaban a los romanos por las tropelías anteriores, tuvieron que soportar una de sus fortalezas junto al sagrado Templo y para colmo construida con dinero judío. No les quedó otra que aceptar, porque el rey tenía un carácter colérico.


Al resultar victorioso en la guerra civil Octavio, para granjearse su favor, Herodes acusó a un contrincante de maniobrar en contra de Roma.


Garantizada la confianza del emperador, Herodes se volcó en construir suntuosos monumentos, al estilo romano, para agradar aún más a sus patronos. En este contexto se erige la ciudad de Cesarea Marítima, en honor al césar Augusto.


En Jerusalén amplió el Templo dándole las enormes proporciones que conoció Jesús cuando visitó la ciudad por primera vez a la edad de doce años, colocando el rey al frente a los saduceos, la facción más influyente, incluso en tiempos de Jesús.


La Ley judía establecía unas dimensiones para el templo que supuestamente el rey Salomón había recibido de Dios, pero eso no frenó al rey Herodes que decidió ampliarlo de forma espectacular.


En realidad quiénes odiaban al rey Herodes eran los judíos más extremistas, sobre todo los fariseos, pero el pueblo llano le tenía glorificado porque dio trabajo a muchos gracias a las grandes obras que llevó a cabo.


Como había que mantener los monumentos y edificios públicos, trabajo siempre había lo que permitía al pueblo tener de lo que vivir y no que, hasta ese momento, había mucha pobreza. Es por ello que le comenzaron a llamar "El Grande".


Los más rigurosos se ofendieron en extremo por los excesos del soberano, como dejar vacío el tesoro guardado en la tumba del mítico rey David para financiar la construcción de la ciudad romana de Cesarea. Veían a su soberano como un extranjero.


Herodes había nacido en Idumea, un territorio al sur conquistado por la dinastía asmonea, anterior a la herodiana. Le veían como un usurpador puesto en el trono de Israel por los enemigos romanos pero las críticas le traían sin cuidado las críticas porque su cargo había sido ratificado por el senado romano.


La época de los prefectos

Cuadro Cristo frente a Pilatos
Cristo frente a Pilatos (Munkácsy)

A la muerte de Herodes, el emperador dividiría el reino en tres territorios gobernados por etnarcas (título inferior al de rey). Los hijos de Herodes se convirtieron en los reyezuelos de esas tetrarquías supeditadas al gobernador de la Provincia romana de Siria.


Jerusalén quedó bajo el dominio de Herodes Arquelao quién gobernó con gran crueldad y un total desprecio hacia las leyes religiosas judías.


Arquelao sofocó de forma brutal una rebelión de los fariseos, que eran los más extremistas en la interpretación de las normas religiosas.


Las continuas quejas de los representantes de Jerusalén ante el emperador motivaron la destitución de Arquelao por Octavio Augusto, quién dispuso que los territorios que gobernaba pasaran a depender directamente de Roma, con un prefecto como principal autoridad.

En los tiempos de Jesús no hay rey en Jerusalén. Cuando se produce la escena del nazareno visitando el templo y maravillando a los sacerdotes con su elocuencia, con tan solo doce años, gobierna el prefecto Coponio.


Cuando Jesús vive su semana crítica conocida como la Pasión de Cristo, previa a su muerte, el prefecto es Poncio Pilatos.


Herodes Antipas, al que se le concedió el gobierno de Galilea y Perea, visita Jerusalén durante la Pascua queriendo dar la impresión al pueblo judío de que es su rey, pero quién manda en realidad en Jerusalén es el sumo sacerdote porque el prefecto romano suele estar en Cesarea.


Valerio Grato, antecesor de Pilatos, se atrevió a deponer al sumo sacerdote Anás colocando a varios después en dicho cargo. Grato fue también quién nombra a Caifás, que será el que juzga a Jesús.


No está claro si los zelotes, un violento grupo armado que hoy en día sería considerado terrorista, por su forma de actuar, comenzaron a actuar con Pilatos o algunos años después, pero el evangelista Lucas llama a uno de los apóstoles Simón el Zelote.


La gran Jerusalén

Maqueta de Jerusalén
Maqueta de Jerusalén (Museo de Israel)

En esta época convulsa, Jerusalén cuenta con más de 80.000 habitantes.


Durante la Pascua llegaban peregrinos de otros lugares, superando el cuarto de millón de habitantes, motivo por el que había cientos de sinagogas dispersas por toda la urbe.


A uno de sus lados quedaba la parte alta de la ciudad, donde vivían las autoridades y personas más notables en sus palacetes de mármol, algunos construidos al estilo griego que tanto gustaba al rey Herodes el Grande.


Destacaba el palacio del rey, con sus jardines acuáticos, que nada envidiaban a los jardines colgantes de la legendaria Babilonia.


Las casas y villas de los privilegiados eran de dos plantas en torno a un patio interior cuyo suelo no era de tierra, sino que estaba empedrado, contando con dos baños.


Las calles principales estaban bien pavimentadas, pero olvidaros de un circo romano grandioso como el que se ve en la película Ben Hur, porque eso no existió en Jerusalén; al menos, no se ha encontrado ningún vestigio. Sí, en cambio, en la majestuosa Cesarea Marítima pero no en la época de Jesús sino un siglo después.


Las calzadas romanas son utilizadas por las caravanas llegadas de Samaria, al norte, Siria o Persia (al este), Egipto, Nabatea o Arabia, por el sur, en un intenso comercio.


Se hablaba tanto arameo como griego koiné, éste último sobre todo por comerciantes, para entenderse entre ellos; algo así como el inglés hoy en día.


El hebreo se dejaba para los rituales y ceremonias de índole religiosa.


La Torre Antonia estaba al lado del Templo con lo que la presencia romana resultaba intimidatoria pero lo cierto es que no solían meterse en los asuntos del populacho.


A los que viajéis a Jerusalén y se os ofrezca como excursión visitar la “Vía Dolorosa”, si bien es recomendable porque disfrutaréis de la ciudad vieja, también es cierto que es solo eso: una atracción turística heredada de la Edad Media. Fue entonces cuando se determinó que era el trayecto que hizo Cristo en su periplo hacia la cruz, pero no se sostiene ya que, en el siglo I, esa vía no existía como tal.


Con respecto a la iglesia del sepulcro, donde se dice que se ejecutó a Jesús, puede ser cierto porque por entonces, este enclave bien pudo estar extramuros. Las ejecuciones se realizaban fuera de las murallas, pero la verdad es que se desconoce el lugar exacto en el que Jesús murió y mucho menos donde se halló su sepultura.


El complejo del Templo se encontraba sobre una colina de 45 metros de altura, en una plataforma que ocupaba 140.000 metros cuadrados, con siete grandes puertas y muros con piedras enormes que pesaban decenas de toneladas cada una.


El gran negocio del Templo

Cuadro sobre la expulsión de los mercaderes del Templo por Jesús
Expulsión de los mercaderes del Templo; F. Bassano (National Gallery, Londres)

El bullicioso mercado, en el conocido como “Patio de los Gentiles” (el Templo contaba con otros tres patios más), que podía albergar a más de 7.000 personas, era el lugar donde se hacía todo tipo de negocios, principalmente la venta de animales para sacrificios cuya carne era luego aprovechada.


El olor debía ser insoportable, pero a todo se acostumbra uno y más si vives de ese negocio o estás obligado a realizar ciertos rituales. Pero lo cierto es que para la mayoría se trataba de una fiesta de la que disfrutaban, acampando en las proximidades de Jerusalén porque las posadas estaban repletas y también resultaban caras.


Los fieles compraban los animales (un cordero u oveja para la Pascua y un buey o toro para el Yom Kippur; si no se tenía dinero, un par de palomas) y después los sacerdotes hacían negocio con la carne y las pieles.


Había un negocio paralelo de utensilios necesarios para verter en los mismos la sangre de los animales sacrificados; también para las abluciones, incensarios o incluso los ropajes que debían llevarse en los rituales.


Los cambistas canjeaban las monedas de los visitantes llegados de todas partes (solían llevar dracmas griegos o dinares romanos) por la moneda local que era el shekel, siendo todo controlado por el sumo sacerdote quién, como ya hemos visto, debía su puesto al prefecto romano.


Podemos imaginar que el prefecto se llevara parte de los impuestos de todas las actividades comerciales controladas por el Templo. ¿Posible móvil de la conspiración contra Jesús?


La excusa por la que no se podía pagar directamente en la moneda que llevara cada cual era que solían tener imágenes grabadas, las cuales se prohibían en la religión judía, por lo que se obligaba a cambiarlas por los shekel, desprovistos de dibujos.


Todos los judíos mayores de doce años pagaban un impuesto anual equivalente a lo que se abonaba de media por dos días de trabajo (se entiende obreros no especializados); algo así como medio shekel. Teóricamente era para sostenimiento del Templo y sus funcionarios, aparte de las otras comisiones que se llevaban.


Jesús, o mejor dicho, su padre José, como carpintero que era, sería considerado un obrero especializado y por lo tanto de clase media, al igual que los mercaderes.


La corrupción estaba generalizada: no solo las comisiones en el cambio de moneda eran abusivas, sino que los animales que se adquirían para sacrificios después tenían que pasar una inspección. Eran muchos los pagos complementarios que se realizaban para que los inspectores dieran el visto bueno a los animales.


La Misná recoge por escrito la tradición oral judía, dividiéndose en seis Órdenes, una de las cuales es Kodashim que habla de los servicios religiosos en el Templo de Jerusalén y de los sacrificios de animales. Rememora una ocasión en que dos palomas llegaron a ser cobradas por el escandaloso precio de un denario de oro, que por entonces era lo que un obrero cobraba en un mes.


En el Levítico también se menciona lo disparatado del precio que alcanzaron los animales para los sacrificios.


Para evitar la picaresca, la mayoría de los peregrinos criaban a sus propios animales en sus lugares de residencia y camino de la gran ciudad de Jerusalén los vendían. Con el dinero obtenido compraban otros en el mercado del Templo para evitar que los que llevaban consigo no superaran la inspección por considerar que habían adquirido alguna impureza durante el trayecto.


Unos veinte años después de Jesús, el sumo sacerdote Simeón ben Gamaliel redujo el número de sacrificios a los que estaban obligados los judíos por considerar excesivo el cobro que se les requería por los animales para los sacrificios. Los vendedores, al ver como su negocio se resintió, bajaron el precio.


La olla a presión de Jerusalén

Cuadro de El Greco: curación del ciego
Curación del ciego; El Greco (Galería de los Maestros Antiguos, Dresde)

Para los hombres (y sobre todo, para las mujeres) , resultaban mucho más agobiantes los fariseos que los soldados romanos. Éstos últimos no molestaban a la población pues su estricto reglamento se lo impedía, para evitar revueltas injustificadas.


En cambio, los celosos guardianes de la fe judía estaban constantemente recordando a los habitantes de la ciudad las rígidas normas religiosas.


Sin embargo, si la guarnición romana sufría una emboscada o atentado, la represión podía llegar a ser temible.


Las rebeliones eran duramente reprendidas, como escarmiento para el resto de la población

Cuando muere Herodes el Grande, se produjo una agresión por parte de un numeroso grupo de judíos hacia soldados romanos. El motivo fue la ejecución de unos fariseos que intentaron destrozar un águila romana, símbolo de las legiones, lo cual era castigado con la muerte.


Se estrenaba como gobernante Herodes Arquelao, hijo del anterior rey.


El líder de los fariseos era Saddoq, quién promulgaba no satisfacer los impuestos que exigían los romanos.


Arquelao, para contentar al legado romano, Publio Quintilio Varo, colaboró en la represión del alzamiento crucificando a cientos de sublevados.


Treinta años después, Poncio Pilatos también hizo méritos para liarla cuando se le ocurrió la desafortunada idea de colocar insignias con la efigie del césar muy cerca del Templo. En realidad, lo hizo por desconocimiento de la religión judía que no permite imágenes, por lo que se consideró una afrenta, provocando una gran protesta.


Pilatos no ejecutó a nadie, sino que comprendió que se había equivocado y todo quedó en un malentendido.


Aunque no está claro que en tiempos de Jesús ya existieran, los zelotes sí llegarían a causar serios problemas a las patrullas romanas.


El Sanedrín era un consejo de 71 sacerdotes que gobernaba en la práctica Judea; una especie de parlamento. Solía participar en las reuniones de los notables de cada ciudad mediante representantes.


La Policía del Templo informaba al sumo sacerdote y sus secuaces de cuanto pasaba en la ciudad. Era necesaria esta Fuerza de Seguridad para garantizar, más que el orden público, la buena marcha de los negocios que el Templo controlaba.


El prefecto romano conocía los increibles beneficios conseguidos por los sacerdotes ya que le rendían cuentas pues era quién nombraba a su jefe. Se cree que se reforzaba la guarnición por el gran número de personas que llegaban a la ciudad. Más parece que era para asegurarse su parte del botín.


A esta ciudad llegó un predicador que parecía en un principio uno de tantos mesías pero que, al parecer, hizo algo que ningun "iluminado" había hecho antes: poner en riesgo el gran negocio del Templo, echando a los mercaderes del mismo.


Todas las fuerzas de la ciudad, que de un modo u otro vivían de las actividades reguladas por el Sanedrín, se activaron para reducir la amenaza que era Jesús de Nazaret.

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