• Alicia Guillén Galindo

Experiencia contra el COVID-19 para evitar futuros atentados bioterroristas

Actualizado: jun 14

Casi todos los expertos coinciden sobre la naturaleza zoonótica del nuevo virus. Pero ¿nos sirve la experiencia para enfrentar un posible ataque bioterrorista?

El COVID-19 forma parte de una familia vírica denominada "coronavirus", llamados así por su forma, pues tienen unas protuberancias denominadas “viriones” que sobresalen de las membranas de estos microorganismos, recordando la corona solar.

El nuevo coronavirus en realidad se denomina SARS-CoV2 y la enfermedad infecciosa que provoca es lo que se conoce como COVID-19 y no se conocía hasta el estallido del brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019. Sin embargo, se sabe que tiene cierto "parentesco" con el coronavirus que provoca el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS), cuya aparición fue en noviembre de 2002 y se cree que lo transmitió a los humanos el gato civeta del Himalaya. También tiene relación con el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), otro coronavirus surgido en 2012 que se cree lo transmiten los camellos.

En los humanos se sabe que estos virus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades graves en el tracto respiratorio. Pero no solo en los humanos, sino que infecta también a animales, pues su origen procede, en un principio, de animales vivos.



El origen del COVID-19


La hipótesis más aceptada en la actualidad es que el SARS-CoV2 deriva de un virus de murciélago, siendo por tanto estos mamíferos los vectores del patógeno, si bien se sospecha que ha existido un huésped intermediario que sería el que lo ha transmitido al ser humano, probablemente, el pangolín. Es lo que cree haber descubierto un equipo de investigadores de la Universidad de Hong Kong y de la Universidad de Shantou, publicando su trabajo en la revista Nature, el 20 de marzo.


De corroborarse su origen animal, se descartaría cualquier tipo de especulación relacionada con el origen artificial de este virus. De hecho, un estudio llevado a cabo por varios investigadores de diferentes universidades, coordinado por el microbiólogo Kristian G. Andersen, del Instituto de Investigación Scripps, de La Jolla (California), indica que una vez estudiada su secuencia genética se descarta que la estructura del COVID-19 pudiera haber sido usada anteriormente ya que difiere notablemente de la de otros virus de la misma familia (el trabajo se publicó en la revista Nature el 17 de marzo pasado.


Para que la ingeniería genética pueda replicar un virus y mutarlo creando uno nuevo antes debe utilizarse dicho virus similar, y no es el caso del nuevo coronavirus. Por lo tanto, parece que estamos ante una zoonosis que es una enfermedad infecciosa transmisible, en condiciones naturales, entre los animales vertebrados y el hombre.

Los agentes zoonóticos pueden ser transmitidos por distintos mecanismos (contacto directo, ingestión, inhalación, mordeduras...), incluyendo un huesped intermedio, como decía anteriormente, y parece que es el caso del COVID-19.



Efectos del coronavirus: la cadena de contagio es imprevisible

La OMS lleva tiempo advirtiendo del problema de salud que suponen las zoonosis ya que afectan a millones de personas en todo el Mundo, produciendo en muchos casos la muerte. Además, afectan seriamente a la economía de los Países donde se dan más casos.

Desde hace años se sabe que la globalización incide de forma sustancial en su propagación. El aumento exponencial del tráfico internacional de mercancías vivas, entiéndase animales, y de circulación de personas que pueden expandir la enfermedad en poco tiempo por medio Mundo, con el espectacular desarrollo de los medios de locomoción hacen posible una más veloz propagación de estos patógenos que provocan tanto las enfermedades emergentes (aquellas que aparecen por vez primera en una población humana en los últimos años) como re-emergentes (aquellas enfermedades que siendo bien conocidas y habiendo estado controladas en el pasado, sufren un incremento significativo de su incidencia).


Una persona puede hallarse en cuestión de horas en un lugar muy distante de donde haya partido gracias a la velocidad que alcanzan los medios más utilizados hoy en día para viajar: avión, tren de alta velocidad... Así que antes de que concluya el período de incubación de cualquier enfermedad, la persona infectada pudiera haber contagiado a varios individuos y éstos a otros más, creándose lo que se denomina "cadena de contagio".


Otros factores que pudieran contribuir en la diseminación de un patógeno son:

  • La comida rápida y por lo tanto mal cocinada.

  • Un mal sistema de almacenamiento o conservación de los alimentos que propicie la multiplicación de determinados agentes microbianos.

  • El contacto de animales salvajes con animales domésticos y de éstos a los seres humanos.

  • El cambio climático, pues modifica las migraciones de animales salvajes y de vectores pudiendo éstos trasladar patógenos a latitudes donde antes no llegaban.



¿Cómo utilizar la experiencia para combatir el bioterrorismo?


Los estudios realizados hasta la fecha sobre esta problemática no solo se basan en un análisis desde el punto de vista de su aparición natural o como consecuencia de los factores anteriormente expuestos. Se ha barajado la posibilidad de que se haya creado en laboratorio como arma biológica, pero como decía antes, los investigadores parece ponerse de acuerdo en que no es el origen del nuevo coronavirus, sino que es zoonótico.


El bioterrorismo (o la guerra biológica) busca causar el mayor daño posible a la sociedad o a una población en concreto, utilizando patógenos que extenderían causando epidemias. Este tipo de fenómeno supone una amenaza por individuos o grupos con motivación política, religiosa, ideológica o ecológica, con el objetivo de destruir el espíritu de la sociedad o cambiarla de forma drástica, infundiéndole miedo e incertidumbre.


Los agentes biológicos que pueden utilizarse para expandir enfermedades son: bacterias (Carbunco o Bacillus anthracis, peste neomónica,...), virus (viruela, fiebre Marburgo,.....) o toxinas (Botulismo, intoxicación por Ricina, ....).

La utilización de agentes biológicos como armas de guerra se conocen desde tiempos ancestrales, pues ya se utilizó en la Edad Media por los mongoles que lanzaban a sus enemigos cadáveres infectados con la peste. Durante la Segunda Guerra Mundial los japoneses lanzaron bombas a China con pulgas transmisoras de la peste, y más recientemente en 2001, en el contexto de los ataques perpetrados en EEUU que provocaron la enfermedad infecciosa del carbunco, también llamada Anthrax.

Así pues, el nuevo enemigo global que es el terrorismo, no iba a quedarse atrás en la investigación y posible uso futuro de este tipo de ataques, tanto es así que se han encontrado pruebas en algunos registros domiciliarios a miembros del grupo terrorista DAESH y menciones al respecto en documentos y edictos religiosos.

La utilización de armas biológicas por parte de los terroristas es más sencilla que otras ADM (armas de destrucción masiva) como pudiera ser las nucleares, ya que resulta "más sencilla" su elaboración, es más letal, más económica y la detección es más complicada.


Dispersar el agente también resulta relativamente más fácil y además pudiera confundirse con enfermedades leves en su primera fase de contagio, resultando más difícil para las autoridades sanitarias detener la epidemia, pudiendo generar pánico en la comunidad, desestabilizando con ello la sociedad que se pretenda atacar.

Los Estados, conscientes de la amenaza, han desarrollado protocolos en todos los frentes posibles, tanto el de la prevención, la detección temprana del agente diseminado, el rápido control y la erradicación. Para ello, en España existen protocolos de prevención epidemiológica que, a través de los sistemas de vigilancia, recolectan la información relevante y necesaria sobre algunas condiciones de salud de la población, cuya interpretación de los datos recabados ayudan a la toma de decisiones y a la difusión de información en caso de que fuera necesario.

Tanto las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como las Fuerzas Armadas, cuentan con unidades destinadas a la detección, neutralización y desactivación de artefactos explosivos, incendiarios, radioactivos, biológicos y químicos (TEDAX-NRBQ); los estamos viendo en acción como defensa frente al coronavirus, que si bien no es un arma biológica, o al menos es el consenso generalizado, si es un enemigo para el que se usan los mismos medios que si se tratara de un ataque bioterrorista.


El Ejército de Tierra español cuenta con el Regimiento de Defensa NBQ “Valencia 1” como unidad especializada. La Unidad Militar de Emergencias (UME), que tan formidable labor está llevando a cabo contra el COVID-19, dispone del GIETMA (Grupo de Intervención en Emergencias Tecnológicas y Medioambientales). Pero aún con estas herramientas, desde el punto de vista de la prevención y detección, España estaría preparada para una situación de epidemia de pequeñas dimensiones pero no como la que se está viviendo actualmente ya que es evidente de que el País carece de los mecanismos necesarios.


Controlar y aún menos erradicar el azote de una pandemia global de la morbilidad del COVID-19 está resultando un ejercicio de enorme complejidad. Las deficiencias detectadas pasarían por la necesidad de formación y entrenamiento del personal sanitario, más material y equipos especiales de protección individual, nuevos procedimientos operativos que coordinen, cooperen e integren capacidades así como la preparación de los centros sanitarios.

Es necesario invertir, antes de que sea tarde, en medios para controlar la expansión y erradicar este riesgo alto de enfermedades infecciosas, ya sean de origen natural, por accidentes en laboratorios o por ataques terroristas.

La realidad se ha adelantado a todos los Estados a pesar de estar en preaviso. Debemos tomar nota de nuestras carencias y debilidades, pues el enemigo que quisiera utilizar este tipo de arma biológica toma nota de lo que está sucediendo.

Referencias bibliográficas:


La autora, Alicia Guillén, es técnico superior de Instituciones Penitenciarias, licenciada en Derecho, diplomada en Criminología y Máster sobre fenomenología terrorista por la Universidad de Granada

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