Luces y sombras del 23-F

Actualizado: 13 de abr de 2018

27 años después del golpe de Estado que a punto estuvo de reinstaurar la dictadura en España se publican en varios medios documentos con supuestas conversaciones inéditas entre posibles implicados.


Agujeros provocados por los disparos al techo del Congreso el 23-F


Las teorías de la Conspiración del 23-F

Las sospechas sobre el rey siempre han circulado en ciertos ambientes conspiranóicos. En líneas generales daban a entender que el monarca pretendía que el pueblo español confiara en él puesto que su figura seguía estando muy cuestionada al comenzar la década de los 80. Y qué mejor modo que salvando a la Patria de un golpe de Estado, demostrando su compromiso con la democracia. Pero insisto en que esta versión de los hechos acaecidos en 1981 formaban parte del ideario colectivo de los foros amigos de las conspiraciones y de las tertulias de bar. Sin embargo, vuelve ahora a cobrar fuerza a raíz de nuevos documentos publicados en algunos periódicos sobre conversaciones que en su día se censuraron o eso aseguran sus autores o difusores.


Algunos estudiosos del golpe militar del 81 creen que los inspiradores no les advirtieron a los autores materiales que se convertirían en las cabezas de turco de toda esta trama con lo que el teniente-coronel Tejero y compañía creían verdaderamente que las Fuerzas Armadas les respaldarían en bloque. Se comenta que cuando, avanzando el día, los golpistas comprobaban que nadie les llamaba o se adhería al pronunciamiento militar, iban dándose cuenta gradualmente de que habían caído en una trampa.

España en 1981 se encontraba en plena crisis económica, con un desempleo que superaba el 13% de la población activa y una inflación del 14%. Para que el lector se haga una idea de estos porcentajes, la tasa de desempleo actual en España es del 16,5% pero la inflación es de solo el 2%. Si el paro laboral que existía entonces era una de las razones del malestar del pueblo, actualmente dicho malestar seguiría y sin embargo no existe conciencia golpista popular: prácticamente nadie desea que regrese un Gobierno autoritario por el hecho de que haya más paro que nunca antes. Por lo tanto, debieron existir otros factores en el 81 que causaran el intento de golpe de Estado.

Desde la muerte del anterior jefe del Estado, el general Franco, en 1975, y hasta 1981, año del golpe de Estado, la organización terrorista ETA había asesinado a 277 personas y otros muchos atentados creando un clima de crispación muy notorio en el seno de las Fuerzas de Seguridad y Cuerpos militares, principales objetivos de los terroristas. Pero no solo asustaba el terrorismo, que afectaba casi en exclusiva al País Vasco, sino el creciente índice de criminalidad en toda España. En 1981 la población reclusa superaba los 21.000 presos; había que remontarse a la posguerra para recordar una cifra tan elevada. La tasa anual de delitos cometidos en aquellos años (fuente: Anuarios Estadísticos de España), superaba los 57.000 hechos delictivos con una población que apenas llegaba a 37 millones de habitantes cuando en la actualidad es de casi un millón de delitos al año (la población actual española es de unos 47 millones de habitantes). La población reclusa actual supera la cifra de 61.000 presos (tengamos en cuenta que existen diferentes tipologías delictivas y que no todas conllevan cárcel y que muchas infracciones de antaño hoy se consideran delitos, lo que varía considerablemente la tasa). Lo que lamentablemente hoy nos parece relativamente normal, en los primeros años 80 supuso un verdadero shock ya que la Sociedad española de entonces no estaba acostumbrada a esas estadísticas delictivas. En aquellos años, el 80% de los atracos que se producían eran llevados a cabo por drogadictos adictos a la heroína; esta droga hizo verdaderos estragos en aquella época (se contaban por decenas de miles los heroinómanos, no solo en España, en toda Europa Occidental). La llamaban la “marea blanca” y era la época en las que las mafias italianas comenzaron a introducirse en España para lavar el dinero procedente del narcotráfico.


Para colmo de males, dirían seguramente los ministros de la Unión de Centro Democrático que gobernaba el País por aquel entonces, las Comunidades Autónomas con mayor índice de separatismo, País Vasco y Cataluña, no ayudaban. Pero ya hemos visto lo que ha ocurrido recientemente en Cataluña, con el intento real de independencia con respecto al Estado español que el Gobierno del Partido Popular ha desmantelado en pocos meses, volviendo a una relativa normalidad. Incluso el rey Felipe VI animó al uso de las Fuerzas de Seguridad para solucionar el problema secesionista pero lo cierto es que, peor que mejor, nada grave ha pasado ni ha sido necesario orquestar un golpe de Estado en Madrid. Si la situación era menos grave en 1981, no se explica que fuera necesario entonces el golpe militar salvo si lo vemos desde la perspectiva de los extremistas que, nostálgicos por el poder perdido hacía tan solo unos pocos años, utilizaran la caótica situación política, social y económica para justificar la reinstauración del autoritarismo. Hoy en día resultaría impensable porque como decía antes la generación española actual no tiene conciencia militarista ya que ni siquiera ha conocido el servicio militar obligatorio, así que soluciona los problemas del País de forma más coherente y siempre desde la perspectiva democrática.


El Partido Socialista Obrero Español, en la oposición en 1981, le recordaba al Gobierno y al pueblo constantemente que la situación era insostenible, pero es el juego parlamentario natural: los que no gobiernan aprovechan cualquier error del Gobierno para criticarlo, como ha sucedido siempre y sigue sucediendo. Rara vez la oposición ha propuesto soluciones a los problemas, simplemente critica la situación para minar la confianza del pueblo en el Gobierno de turno. Cuando se produce el relevo, el antiguo partido político que gobernaba, ya en la oposición, pasa a criticar la acción del nuevo Gobierno y así por los siglos de los siglos. Al final es el pueblo el que, casi por inercia, soluciona sus propios problemas y en el caso del pueblo español, además bromeando. El golpe de Estado del 81 coincidió con los carnavales y en Cádiz, cuando las aguas volvieron a su cauce, surgieron de inmediato chirigotas y comparsas burlándose de lo sucedido. Así es el pueblo español: al mal tiempo, buena cara.


Se ha dicho de todo con respecto a lo acontecido dentro del Congreso de los Diputados aquella tensa jornada del 23 de febrero de 1981. Por ejemplo, que no era normal que el presidente saliente (se votaba el nombramiento de un nuevo presidente puesto que el anterior había dimitido) estuviera tan tranquilo ya que no se escondió bajo el asiento como hicieron casi todos los diputados, cuando los guardias civiles dispararon al techo del hemiciclo. Claro que, si alguien sospechara de alguna relación de Adolfo Suárez con la intentona golpista, hubiera tenido que pensar también que el Partido Comunista estaba implicado igualmente puesto que su secretario general, Santiago Carrillo, tampoco se escondió. Evidentemente, un comunista nunca se hubiera aliado con unos golpistas de la extrema derecha, así que esta teoría se viene abajo.

Ni siquiera los 22 encausados que aún permanecen vivos sabrán todos lo que sucedió realmente pero resulta llamativo que otros que se implicaron en menor medida no vieron sus carreras profesionales afectadas e incluso a algunos les absolvieron.


Jesús Alonso Hernáiz, que era teniente durante el golpe, se retiraría como teniente-coronel. Claro que su implicación se redujo a hacer lo que le dijeron: vigilar a varios diputados representativos. Como hicieron los también oficiales César Álvarez Fernández (se retiró como coronel), Enrique Bobis González, que se retiró también como coronel o Manuel Boza Carranco que se retiraría de capitán. Lo mismo en cuanto al capitán Vicente Carricondo Sánchez que se retiraría de comandante o el también capitán José Ignacio Cid Fortea que igualmente se retiró años después, de comandante. Todos cumplían órdenes y muy probablemente no tenían ni idea de lo que se cocía; en otras palabras, seguramente se les utilizó.


Los que entraron en la cárcel, salieron a los pocos años como el general Alfonso Armada Comyn, que tan solo estuvo siete años en prisión o el teniente-general Jaime Milans del Bosch y Ussía, diez años. El coronel José Ignacio San Martín López estuvo en la cárcel cuatro años nada más y el capitán de navío Camilo Menéndez Vives un año tan solo. El capitán Carlos Lázaro Corthay estuvo en prisión tres años y Juan García Carrés, único civil condenado, estuvo dos años en la cárcel.


Sobre la posible relación de los Servicios Secretos también se especuló puesto que uno de los implicados, el comandante José Luis Cortina Prieto, trabajaba en el Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), el actual Centro Nacional de Inteligencia. Pero Cortina fue absuelto, aunque no volvería a los servicios secretos. Le acompaño en la intentona el capitán Vicente Gómez Iglesias, también destinado en el CESID y que sería absuelto tres años después del golpe, aunque inicialmente le cayó una condena de seis años.


¿Qué ocurrió con Tejero? ¿En qué han quedado las sospechas hacia el rey?

El teniente-coronel Antonio Tejero, en cuanto salió de la cárcel, se recluyó en su hogar sin hacer el más mínimo ruido ni notoriedad social. Aunque sus hijos siguieron sus pasos, la siguiente generación ya no tanto puesto que de sus 16 nietos solo tres se hicieron guardias civiles. Pero Tejero ya era conocido de los Servicios de Información cuando solo tres años antes del 23-F se reunió en una cafetería próxima al Palacio de la Moncloa (sede del Gobierno) con otros oficiales militares planificando un golpe de Estado. Uno de los participantes en la reunión decidió denunciarles y por ello se supo todo, sin embargo, Tejero continuó con su carrera profesional.


Con respecto al rey, Juan Carlos I, ya en los 90, el aristócrata José Luis de Vilallonga escribió un libro sobre sus memorias en el que no dudó en preguntar sobre el 23-F. En la actualidad se ha sabido que se cortaron párrafos del texto original al considerar que no era prudente publicarlos en ese momento, como ha declarado el editor Enrique Murillo a la prensa. En la edición francesa sí se incluiría el texto censurado en España, pero los afectados leyeron ejemplares franceses y supieron lo que el rey pensaba de ellos lo que motivó cartas de repulsa dirigidas al Palacio de la Zarzuela, la residencia de los reyes de España, como recoge la escritora y periodista Pilar Urbano en su libro “La gran desmemoria”. De hecho, esa edición francesa del ensayo de Vilallonga sobre la vida del rey Juan Carlos I fue lo que motivó que el secretario general del monarca, el teniente-general Sabino Fernández Campo, rompiera prácticamente su relación con don Juan Carlos, aparte otras indiscreciones que por entonces el rey protagonizaba. Pero la imagen del rey sigue intacta con respecto a su posible implicación el 23-F ya que no hay pruebas fiables que le acusen.


Tal vez resulte preferible que un suceso que no produjo muertes y que se saldó sin heridos ni serias repercusiones permanezca como un hecho histórico anecdótico pero también hay quiénes piensan que debiera reabrirse el caso ya que pudiera indicar si la monarquía realmente nos hizo un favor o es un fraude.


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