La criminalidad adolescente (por Carla B.)

06.04.2011 00:00

En 2007, el 28 % de los casi 14.000 menores de edad condenados por diferentes delitos tenían solo 15 años de edad. Un 33 % llegaban a la edad de 16 años (según el Registro de Responsabilidad Civil del Menor). Acaban de dejar de ser niños pero ya son delincuentes. 

El Instituto Nacional de Estadística elaboró, el año pasado, un retrato robot del delincuente adolescente en España: 

  • Edad media: 16 años 
  • Nacionalidad: española (en un 80 % de los casos)
  • Nivel de la infracción cometida: delito

Los adolescentes inmigrantes que cometen delitos en España proceden en su mayoría del continente africano siendo los delitos cometidos: Robos (28 %), lesiones (7,4 %), - sobre todo a personas, en segundo lugar al patrimonio y por último a los animales -, hurtos (5,6 %), y el resto de infracciones en un 59 %  

Las penas impuestas fueron casi siempre prestaciones en beneficio de la comunidad como compensación por el daño causado excepto en un 29,6 % de los casos en los que se procedió a una libertad vigilada, sobre todo si eran varones. En 2008-09, la delincuencia juvenil y adolescente se ha disparado hasta llegar a cotas consideradas alarmantes por casi todos los analistas. 

Por lo general se trata de individuos sin valores morales que en ocasiones llevan a cabo las peores abominaciones, de lo que se ha culpado hasta ahora a los padres y tutores por no preocuparse debidamente de la educación de sus hijos. Sin embargo, últimamente se está revisando este planteamiento ya que se están dando casos de jóvenes criados en ambientes sanos y sin conflictos que sin embargo son capaces de asesinar, violar, robar o saquear sin respeto alguno por la vida humana. 

Para los criminólogos, un menor delincuente supone un reto más complicado que investigar el móvil, actitud o personalidad de un criminal adulto, precisamente porque en un menor de edad, su personalidad es todavía un misterio, se está moldeando, recibe múltiples influencias, a diferencia de los adultos que en la mayoría de los casos son predecibles o sus perfiles educacionales o psicológicos no resultan tan complejos. No obstante, estudiar la criminalidad juvenil resulta de enorme utilidad para comprender los tipos de psicología delictiva en adultos ya que por lo general, éstos últimos comenzaron su andadura criminal en su adolescencia. 

Podemos resumir afirmando que estudiar la delincuencia juvenil nos sirve para profundizar en la de los adultos y a su vez, con los estudios y análisis adecuados, ayuda a encontrar las soluciones pertinentes a la problemática que suscita la cada año más temprana edad de los delincuentes. 

Según las estadísticas judiciales y policiales, la tercera parte de los delitos actuales son cometidos por menores de edad, lo que es común en toda la Unión Europea, con ligeras variaciones entre las diferentes Naciones. 

Estos jóvenes comienzan delinquiendo en solitario para acabar uniéndose a bandas de más o menos miembros en el caso de que no se les detenga antes. Lo curioso es que muchos de ellos, una vez llegan a la veintena, si encuentran el adecuado estímulo que les aleje del mundo criminal, lo dejan para siempre por lo que se ha pensado que la comodidad de la adolescencia (14-17 años de edad) y la rebeldía natural de la primera juventud (18-21 años), influyen notablemente, huyendo de la delincuencia aquellos que consiguen un trabajo e inician una vida típica de persona adulta en el mundo real, más o menos a partir de los 22 años de edad, franja de edad que si es superada sin que se haya encontrado el modo de huir de la criminalidad y la violencia, acaba empujando al joven, casi irremediablemente, al mundo del crimen organizado, por lo que se impone una política efectiva antes de ese límite de edad, mucho más intensa y efectiva entre los 12 y los 17 años, a ser posible. 

Si no se le pone remedio pronto, las estadísticas de los últimos años nos vienen avisando de que la delincuencia adolescente cada vez entiende menos de sexos o clases socioeconómicas, puesto que entre estos delincuentes menores de edad comienzan ya a verse con cierta asiduidad tanto a muchachos con recursos familiares económicos considerables como a mujeres, pudiendo éstas últimas ser tan violentas como los hombres, un rasgo hasta ahora supeditado casi exclusivamente al género masculino. 

Los delitos e infracciones más comunes entre los adolescentes siguen siendo los hurtos en vehículos y establecimientos comerciales y los robos con fuerza en las cosas, pero la violencia mostrada en los últimos años va en aumento al igual que las agresiones a las personas. 

La utilización de los jóvenes por organizaciones terroristas como ocurre en el País Vasco con el fenómeno de la kale borroka auspiciado por ETA se ha extendido al resto de España donde grupos radicales tanto de ultraderecha como de extrema izquierda aprovechan cualquier reivindicación por absurda que sea para arremeter contra espacios abiertos tales como parques y edificios así como mobiliario urbano quemando contendedores en sus enfrentamientos con la Policía para utilizarlos como improvisadas barricadas. En estas movilizaciones pueden verse tanto hombres como mujeres si bien las jóvenes siguen siendo más propicias a delitos contra la salud pública. 

¿Pero cómo es posible que suceda en la era de la alta tecnología y las comodidades occidentales algo así? Estamos hablando de un País como España, entre las diez economías más bollantes del Mundo (al menos hasta 2008, antes de la aparición de la crisis económica global). 

En Europa Occidental se vive en un contexto democrático, con un amplio abanico de posibilidades académicas y laborales, becas de estudio con lo que el acceso a la educación superior universitaria es posible para jóvenes cuyas familias no tienen tantos recursos como otras. 

Pero precisamente este conjunto de comodidades supone que los jóvenes no sienten la obligación de esforzarse o superarse en muchos casos. Todo lo tienen a mano en un marco de vorágine consumista que acaba por devorarles también a ellos/as. Por otro lado, en el caso de España y Portugal, el miedo de que una política de mano dura contra la delincuencia les muestre ante la opinión pública como reflejo de las dictaduras del pasado, les frena y les insta a seguir creyendo en una reinserción que, si bien resulta esperanzadora, no está acompañada del necesario seguimiento institucional por lo que muchos jóvenes, una vez salen de los centros de menores o de los penitenciarios, según sea su condena y edad, no cuentan con apoyos de ningún tipo salvo el familiar, entorno degradado en muchas ocasiones por distintos factores: la imposibilidad de volcarse en estos adolescentes ya que las obligaciones laborales de los padres o sus otros hijos e hijas les impiden tener el tiempo que por prudencia debieran ocupar en sus hijos problemáticos. La reinserción suele durar tan solo el tiempo de la condena y ha quedado demostrado que muchos centros de menores o cárceles para adultos son más un lugar donde potenciar su capacidad delictiva que para reinsertarse en la sociedad. 

Ni que decir tiene que la crisis económica empeorará la situación hasta límites insospechables. Hemos visto que los jóvenes que encuentran un estímulo social que les permita alejarse de la criminalidad como pueda ser algún tipo de responsabilidad tal como un empleo, en muchos casos, consiguen desvincularse de esa actividad delictiva pero el paro laboral lógico de toda crisis económica conlleva por lo tanto un incremento de la delincuencia, bien sea para sobrevivir gracias a robos y atracos, bien porque los jóvenes no tienen ocupación ninguna y ese hueco acaba rellenándose con el ocio, el cual puede ser mal conducido o malinterpretado (lo que lamentablemente ocurre con frecuencia): abusos de drogas, alcohol, etc. 

Evidentemente, no todo joven que esté desempleado acaba drogándose o alcoholizado, por supuesto que no, pero los que viven en procesos de desestructuración personal o familiar sí son “carne de cañón”; en este sentido, la crisis económica mundial acentuará los dramas familiares donde los jóvenes deseen buscar otras alternativas y salidas a su desesperada situación lo que desde luego no justifica la actitud de los que acaban en redes delictivas pero no deja de ser un factor a tener muy en cuenta.

 Toda esta fenomenología anterior, trasladada al mundo del terrorismo o de la delincuencia organizada nos debiera preocupar enormemente ya que las organizaciones criminales contarán con una cantera amplia de jóvenes que por distintas razones y con un adecuado estímulo pueden acabar en sus redes. 

Los grupos terroristas se aprovechan de que entre los adolescentes el sentimiento de compañerismo está muy acentuado siendo los colegios e institutos de enseñanza un lugar idóneo para experimentar su agresividad. En este ámbito se dan las circunstancias perfectas: un ambiente hostil o al menos contra el que dirigir la natural rebeldía juvenil personificado en el profesorado al que se identifica con la autoridad a la que enfrentarse.

 Primeramente, los objetivos son los objetos que forman parte del mobiliario escolar para, una vez adquirida la suficiente destreza y evaluada su arrogancia, dirigir esa agresividad contra los profesores. Una de las soluciones para erradicar la violencia en las aulas sería que el profesorado elaborara perfiles de sus alumnos para evitar que aquellos potencialmente agresivos estén en el mismo grupo escolar. Está demostrado que si dos individuos violentos se unen, el resultado es una bomba de insospechada crueldad. 

Con respecto a los inmigrantes delincuentes menores de edad, ocurre que desean integrarse con los jóvenes nacionales del lugar de acogida pero en muchas ocasiones son humillados por su etnia o procedencia por lo que sienten la necesidad de demostrar que son tan violentos como los miembros de las bandas y pandillas callejeras con las que se relacionan o contactan. Muchas veces lo que buscan es seguridad: si forman parte de una de estas bandas, nadie se atreverá a insultarles o agredirles por su credo o raza y si no fuera posible la integración, no dudarán en formar ellos sus propias bandas. Esto último resulta más inquietante aún porque la razón de la creación de su pandilla suele ser el odio hacia quienes les rechazaron o impidieron su ingreso en bandas de la ciudad o barrio de acogida, en el País en el que viven con sus padres que, al ser ellos la segunda o tercera generación de inmigrantes, son tan españoles o europeos como quienes les insultan por ser musulmanes, de raza negra o procedentes de un País del Este de Europa o sudamericano. Ya no les mueve únicamente la necesidad de robar para sobrevivir o un sentimiento de rebeldía juvenil sino también el odio hacia la sociedad de acogida que les ha rechazado por perjuicios raciales: su agresividad puede llegar a descontrolarse y dar lugar a verdaderas guerras entre bandas como ya se está produciendo en algún País europeo y viene sucediendo en Estados Unidos desde hace treinta años. 

Actualmente, en España, los detenidos por cometer delitos e infracciones de todo tipo con edades comprendidas entre 18 y 21 años de nacionalidad extranjera son más de la mitad del total con el preocupante dato de que la quinta parte de los detenidos entre 12 y 14 años son extranjeros. Por lo general, los delitos más cometidos entre los adolescentes inmigrantes son contra el patrimonio, casi un 80 % de todos los que cometen (recordemos que entre los adolescentes españoles, los delitos contra el patrimonio -robos, sustracciones y hurtos con violencia- no llegan al 30 %). 

Muchos jóvenes inmigrantes, aunque nacidos en Europa, no se sienten europeos porque han experimentado el rechazo por su color de piel o las creencias religiosas de sus padres (en no pocas excepciones ellos, en principio, no tienen esas creencias como un modo de integrarse en la sociedad de acogida, incluso buscan tener amistades de otros credos y confesiones religiosas). Sus primeros conflictos son en el ámbito doméstico ya que aunque no les falta de nada por el sacrificio experimentado por sus progenitores para que así sea, ellos se rebelan igualmente acusando a la anterior generación inmigrante de permitir una situación de humillación constante y continua. Con el tiempo, acaban en redes fundamentalistas ya que buscan ambientes en los que sentirse identificados a jóvenes con sus mismas inquietudes y preocupaciones y esto es algo sabido y aprovechado por corrientes islamistas radicales que forman asociaciones de carácter religioso para captar a estos descontentos, a los que poco a poco van adoctrinando, comenzando con cubrir sus necesidades básicas, haciéndoles creer que ellos les dan lo que la sociedad de acogida les ha negado, creando en estos jóvenes un sentimiento de rabia y odio que se acrecienta con los años. 

Estos muchachos, que buscan solo integrarse, serán ellos mismos los que acaben pidiendo marchar voluntarios a lugares en conflicto como Irak, Líbano o Afganistán para demostrar que están plenamente integrados en su nuevo círculo o entorno. 

Sin embargo, en el momento en que encuentran un trabajo donde no son considerados empleados de segunda sino iguales en todo a sus compañeros, ocurre el fenómeno contrario: se integran plenamente en la sociedad, huyendo de cualquier tipo de integrismo e incluso animando a sus compatriotas a luchar contra el extremismo religioso. Por lo tanto, la crisis económica, de nuevo, amenaza con potenciar las canteras de las redes integristas religiosas al alimentarse de todos los jóvenes descontentos que no encuentran trabajo en Europa. Los atentados que pueden llevar a cabo estos individuos serán catastróficos ya que no les mueve el interés económico sino un verdadero odio y desprecio hacia los Países occidentales, si bien sus guías espirituales se asegurarán de que sientan odio hacia todo lo que les rodea, incluidos los propios Países árabes, a los que verán como Regímenes corruptos habitados por cobardes que tienen miedo a rebelarse en nombre de Allah (hablamos de integristas islamistas igual que pudiéramos hablar de otros tipos de fundamentalismos religiosos pero el islamista es el que más se ha dado, especialmente en Europa). Sus maestros son conscientes de que el odio es la mejor de las armas ya que con la dosis necesaria, un ser humano es capaz de lo peor. 

En otros Países europeos como, por ejemplo, la República Checa, la delincuencia adolescente no es tan elevada pero sí se ha observado un llamativo aumento en los últimos años; en el caso de Chequia, un quince por ciento del total de actos delictivos son llevados a cabo por menores de edad. 

En Centroamérica, el problema es igual de preocupante. En la República dominicana se estudia el incremento de las penas y en Panamá, donde la criminalidad adolescente es de tan solo el 4 % del total, se considera igualmente un problema que debe ser resuelto cuanto antes, pero tanto en estos Países como en España, a pesar del clamor popular en defensa de la cadena perpetua, los expertos legisladores coinciden en que no es necesario recurrir a semejante condena, lo que obligaría a reformar Constituciones, sino sencillamente que las penas impuestas se cumplan íntegramente. 

En Colombia, el problema es mucho más preocupante, evidentemente, debido al narcoterrorismo y al contrabando de todo tipo que utiliza a jóvenes a sabiendas de que las penas en su caso son menores por lo que se estudia también en este País sudamericano endurecer las penas pero de momento está en un impass en el Congreso que no termina de decidirse al respecto.

El 20 % de los casos de criminalidad adolescente en Colombia ya corresponde a muchachas y el 90 % de todos los casos son protagonizados por jóvenes de ambientes humildes. Pero la agresividad y extrema violencia de estos chicos llega a ser espeluznante y cientos de jóvenes asiduos de las comisarías no aparecen nunca en las estadísticas de menores delincuentes y la Administración colombiana no está por la labor de realizar un estudio pormenorizado de la delincuencia juvenil ya que casi resultaría absurdo, puesto que está a la orden del día; es más, pueden verse en Bogotá y otras ciudades colombianas bandas de muchachos que ganan un diez por ciento de los beneficios de las mafias del narcotráfico que utilizan a estos menores porque corren menos riesgos de ser detenidos o en el caso de que lo sean, de pasar largas temporadas en la cárcel. Incluso en casos de homicidio, se han puesto en libertad a jóvenes que aparentemente estaban reinsertados, siguiendo criterios de lo más ambigüos para determinar esa reinserción. 

En Venezuela se estima que la delincuencia de menores de edad está disminuyendo pero la verdad es que el recuento estadístico de los jóvenes delincuentes es casi tan nulo como en Colombia. Sin embargo, sí se sabe que la cuarta parte de los delitos cometidos son atracos.

En Argentina, se ha observado del mismo modo, un incremento de la delincuencia adolescente. En este País sí se han realizado estudios completos sobre este fenómeno, pudiendo observarse que el 31 por ciento de los jóvenes que habían delinquido sufrió maltrato de su familia y el 70 por ciento provenía de una familia que tenía más de cuatro hijos. Además, el 45 por ciento de los casos correspondía al menor de los hermanos o al penúltimo, que generalmente recibe menos atención de sus padres y son más influidos por sus hermanos mayores, muchos de ellos ya con causas penales. 

Se ha comprobado también que el 70 % de los detenidos consumían drogas pero más de la mitad no lo hacían cuando delinquían, lo que pudiera demostrar que no atracan o roban para drogarse; este no es el motivo principal por el que se convierten en delincuentes. 

En definitiva, la delincuencia adolescente es un problema de índole global que afecta no solo al Tercer Mundo sino que surge ya como uno de los problemas más acuciantes del Mundo desarrollado al que o no se quiere poner solución o simplemente nadie se atreve a hacerlo puesto que la edad cada vez más temprana de los delincuentes supone un debate que aún perdura sobre si en verdad son conscientes de sus actos o son manipulados por adultos, por lo que se teme que las penas impuestas no se correspondan con la inmadurez de los reos. Sin embargo, a tenor de los casos de los que estamos siendo testigos y que lamentablemente son cada año más numerosos, como el de Marta del Castillo Casanueva en España, del que aún no se ha encontrado el cadáver, la pregunta sigue en el aire: ¿verdaderamente no es consciente un chaval de quince años de lo que hace? ¿Es la sociedad la que influye negativamente en él? ¿Existe la maldad en estado puro? Y, si es así, ¿entiende la maldad de edades o puede aparecer en cualquier momento de nuestra vida, independientemente de la edad?

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Fecha: 06.06.2013

Autor: Lourdes Centellas López

Asunto: La criminalidad adolescente

Lo unico cierto es que ahora hay que establecer mayor comunicacion con nuestra niñez y juventud para evitar todo tipo de delincuencia, esto se da en la mayoria de los hogares, que no les demuestran un minimo de afecto a los hijos y por ese desamor ellos se siente solos y van en busca de malas compañias que tambien son afectados por esta y por muchas otrs razones.

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