¿Está Donald Trump loco?

14.02.2017

El Mundo y mucho menos la orgullosa superpotencia norteamericana no...

están acostumbrados a las excentricidades de un presidente de los Estados Unidos como nos viene acostumbrando ya Donald Trump. Para los americanos y para cualquiera, la figura del presidente de EEUU es la persona más poderosa de La Tierra (la propia revista Forbes, que mide la fortuna e influencia de las personas más ricas y famosas, así le considera desde 2009).

Por lo tanto, se le presupone una gran seriedad en todo lo que hace o debiera hacer. Pero Donald Trump está destruyendo esa imagen a un ritmo acelerado. Hasta tal punto que un equipo de psiquiatras, coordinados por John D. Gartner (especialista en trastorno límite de la personalidad), de las Universidades de Harvard y Oxford, han elaborado un estudio sobre el perfil psicológico del presidente basándose en sus apariciones públicas y declaraciones. La conclusión es muy desalentadora para la Humanidad pues los especialistas han dictaminado que el hombre con mayor poder de la Historia está mentalmente enfermo y muestra un temperamento que le hace incapaz para su alta responsabilidad. El estudio le considera afectado de un claro "narcisismo maligno" que le convierte en una persona extremadamente insensible hacia los problemas sociales, carente de ética y moralidad. Gartner hizo estas declaraciones al medio U.S. News. Añaden que tiene rasgos propios de un sociópata que pueden verse en su rechazo hacia las minorías étnicas u otras religiones distintas a la que profesa.

Los opositores políticos y también no pocos miembros del Partido Republicano llegarían a decir de Trump que carece de empatía además de ser un embustero compulsivo. Pero pudiéramos pensar que estos comentarios y críticas provienen de quiénes han perdido unas elecciones tanto primarias (para representar a su partido en la carrera hacia la Casa Blanca) como presidenciales (en las que se enfrentan los dos candidatos de los partidos mayoritarios); declaraciones, en definitiva, para desacreditarle. Lo que no ha surtido efecto, evidentemente, puesto que Trump fue finalmente elegido presidente por el pueblo estadounidense.

La diferencia ahora es que son profesionales de la salud mental quiénes nos avisan, no políticos contrarios al programa de Trump.

El trastorno narcisista de la personalidad, que dicen los profesionales que han llevado a cabo el estudio que afecta a Trump, se caracteriza porque el sujeto sobrestima sus habilidades requiriendo de quienes le rodean de admiración hacia todo lo que hace; estos "enfermos" no conciben que algo que deciden hacer pudiera estar mal hecho. Es una patología que requiere de tratamiento psiquiátrico puesto que el afectado lo arrastra desde la infancia. Lo peor es que suelen ir acompañados de ansiedad y depresión si comprueban que algo que ellos hayan impulsado sale mal lo que en ocasiones acarrea consecuencias funestas puesto que puede provocar una reacción en cadena y que el resto de proyectos puestos en marcha por esa persona igualmente fracasen.

Una prueba de que Trump no ve o no quiere ver la realidad es que a pesar de que los medios de comunicación y redes sociales muestran el poco respaldo que tienen sus actos y eventos en los que participa, a diferencia de anteriores presidentes, él lo considera un ejercicio deshonesto por parte de la prensa: no entiende que le critiquen siendo presidente o muestren el escaso apoyo popular. Pero los principales periódicos de los Estados Unidos no han podido hacer oídos sordos a declaraciones del presidente como calificar a la tortura como "interrogatorio especializado".

Su claro desprecio hacia las mujeres a las que considera poco menos que objetos decorativos de los que rodearse en sus apariciones públicas o haciendo comentarios jocosos de carácter machista le convierten, según los especialistas, en un misógino. Incluso se le ha detectado señales de psicopatía.

Todavía en campaña, la revista Vanity Fair publicó un perfil psicológico elaborado igualmente por expertos que calificaban a Trump de narcisista. El nuevo estudio de las Universidades de Harvard y Oxford coincide en ese diagnóstico, pero va más lejos agravando las conclusiones.